CRÍTICA: “BEEZEL”

UNA PELÍCULA ESTADOUNIDENSE DE AARON FRADKIN

En esta nueva entrega de Aaron Fradkin, el terror vuelve a tomar protagonismo en el largometraje titulado “Beezel”. Aquí el director estadounidense retoma esa tradición para desplegar un relato que atraviesa seis décadas, con una estructura fragmentada que busca construir inquietud a partir de la repetición y la variación.

La historia transcurre en una casa en los Estados Unidos, donde allí residen distintas personas a lo largo de los años, cada una con un trágico final. Cada residente llega sin saber el secreto oscuro que alberga aquel hogar, una entidad ancestral que se alimenta de quienes la rodean.

El film acierta en su primer tramo, donde el suspenso se apoya en recursos clásicos como el fuera de campo, la iluminación tenue y el uso de la cámara subjetiva. Allí, la narración logra incomodar sin necesidad de recurrir al golpe fácil. Sin embargo, esa eficacia inicial no se sostiene. A medida que la historia avanza y se abren nuevos segmentos temporales, la película abandona la sutileza para inclinarse por una exposición más directa del horror. La criatura, que en un principio funcionaba como una amenaza latente, comienza a mostrarse con insistencia, perdiendo parte de su potencia. 

Las diversas historias que vamos viendo pierden fuerza en el transcurso del film, al no tener una historia lineal con personajes establecidos, el espectador puede llegar a tener dificultades para sentir una conexión con dichos personajes.

De todas formas, el guión, también firmado por Fradkin junto a Victoria Fratz, más allá de mostrar ciertos problemas en el desarrollo de los protagonistas, ofrece algo distinto, y en ningún momento se siente que se perdió la idea original. De igual manera, hay que señalar los puntos débiles del guión como lo son las conductas forzadas, a menudo subordinadas a la necesidad de avanzar la trama antes que a una lógica interna verosímil. Esto se traduce en decisiones poco creíbles que debilitan la tensión dramática. A su vez, la estructura episódica hace que las historias se vuelvan repetitivas, ya que uno para el final siente que cada protagonista iba a tener el mismo desenlace y que no iba a ver lugar para una progresión narrativa.

 Desde lo visual, aparece el punto más alto, la película apuesta por una estética sobria, con la intención de crear una atmósfera de opresión, con el fin de hacer sentir que la casa es una prisión, de la cual no hay escapatoria.

 En conclusión, Beezel presenta una premisa atractiva y un comienzo efectivo, donde Aaron Fradkin logra construir tensión desde la sugerencia. Sin embargo, con el correr de los segmentos, la película pierde fuerza al volverse repetitiva y menos sutil en la exposición del horror. De este modo, la película se sostiene más por su idea y su clima que por su desarrollo. Sin ser del todo fallida, deja la sensación de una oportunidad parcialmente desaprovechada dentro de un género donde la sutileza, justamente, era su mejor herramienta. Aun así, su apuesta visual y la construcción de una atmósfera opresiva sostienen parcialmente una propuesta que, aunque irregular, deja ver una intención clara dentro del género.

 

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