El arte de vislumbrar momentos desprovistos de trascendencia y lograr magnificar su carácter estético/moral cuando éstos son captados por el lente de una cámara de filmación, fue definido por Louis Delluc y Jean Epstein en las primeras décadas de la historia del cine, como “fotogenia”. Si bien este concepto un tanto poético fue olvidado por los directores contemporáneos y hasta podíamos llegar a creer que ya nada se podía hacer con él en la era digital, entonces aparecen Pedro Costa y su cine como principal forma de resistencia.

“Vitalina Varela” narra la historia de una mujer que luego de una larga espera, consigue llegar a Portugal para encontrarse con su marido. Apenas aterrizada, ésta se entera que él ya ha sido enterrado y recorremos el duelo de la viuda y su posterior percepción de los hechos en un ambiente sombrío.

Una trama política que funciona de marco para montar una sucesión de escenas que esbozan un interés por priorizar lo específicamente cinematográfico. Cada escena es un orgasmo visual que explota la idea de cine como imagen en movimiento y sonido. Despojándose de la concepción de satisfacer al espectador y entregarle un momento de tranquilidad, la película incomoda y lleva al público a luchar constantemente con sensaciones contradictorias, transmitiendo así una representación de mundo más acertada.

“Vitalina Varela” es un film rebelde, no solo se opone a la tendencia de utilizar al cine como un medio para contar una historia. Aquí, el cine es el principio, el medio y el fin. También se opone a la condición necesaria para un producto audiovisual comercial de estos tiempos: la claridad. Una imagen que no se vea perfecta, que no muestre todo, es descartada automáticamente. Pedro Costa usa tanto la luz como la ausencia de ésta con igual valor. La oscuridad cumple un rol tanto estético como formal, recubre los ambientes y exprime el uso de los lentes. La claridad, por contrario, puede apreciarse en escasas ocasiones, prevaleciendo curiosamente en los cementerios.

La película esconde para que uno busque, le exige al espectador a toparse con obstáculos que debe sortear. En ese recorrido, evita provocar empatía y hacer el trabajo más fácil. Asume un contexto donde sabe que predomina y se valora lo nítido y lo claro, tanto en la imagen como en el contenido. Es una película (como todo el cine de Pedro Costa) de la resistencia y el encubrimiento.

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