Nouvelle Vague es el tipo de película que solo alguien como Richard Linklater podía animarse a hacer, una mezcla de homenaje, recreación, y capricho cinéfilo que revive el rodaje de À bout de souffle como si estuviéramos ahí, en ese París de 1959 donde todo parecía estar por inventarse. La historia sigue a un joven Jean-Luc Godard —interpretado con mucho carisma y casi parodico por Guillaume Marbeck— en el momento exacto en que decide dejar la crítica en Cahiers du Cinémaasar para ser director. Sin un guion definitivo, con escenas que se escriben a último minuto y un equipo que solo sabe que está haciendo “algo nuevo”, la película retrata ese caos creativo que definió a la Nouvelle Vague. Linklater lo reconstruye con un cariño casi obsesivo,blanco y negro, formato 4:3, grano visible, marcas de película y con una calidez que lo vuelve suyo.

En ese universo improvisado se lucen también las interpretaciones. Zoey Deutch, como Jean Seberg, hace algo muy interesante, no interpreta a la “estrella eterna y fría”, sino a una actriz atrapada entre dos mundos, con dudas, contradicciones y un magnetismo natural. Aubry Dullin aporta la picardía y frescura de Belmondo. Ellos tres sostienen una dinámica que Linklater filma con una liviandad muy suya, donde el humor aparece en los lugares más insólitos y la tensión creativa nunca se vuelve solemne. Es como si todos estuvieran jugando, incluso cuando hablan de arte, política o de lo que significa “romper el cine desde adentro”.
Visualmente, la película es preciosa. No es solo la recreación de época —que está tan cuidada que da gusto—, sino la sensación de libertad con la que está filmada. Se nota que David Chambille, el director de fotografía, no quiso copiar a Godard plano por plano, sino capturar el espíritu, la espontaneidad, las escenas al aire libre sin permisos, la luz que entra como quiere, los encuadres que parecen escritos en un cuaderno. Hay momentos en que ese París se siente vivo, y otros en que se nota un poquito demasiado perfecto, como si ciertas calles hubieran sido pulidas para que brillen, transformándolo en un decorado mas. Aun así, la experiencia visual funciona.

Ahora bien, en medio de todo ese homenaje, aparece uno de los puntos más discutidos, la película es más suave que la Nouvelle Vague real. Godard, Truffaut, Rivette… ninguno de ellos filmaba desde la nostalgia. Eran jóvenes rabiosos, dispuestos a quemar el sistema. Linklater, en cambio, mira desde el amor, desde la nostalgia de cinéfilo que quiere honrar sin lastimar. Eso hace que Nouvelle Vague sea encantadora, pero también un poco demasiado amable, demasiado. Algunos conflictos de la época se rozan, pero no terminan de estallar. La escritura del guion (de Holly Gent, Laetitia Masson, Michèle Pétin y Vincent Palmo Jr.) es demasiado “ordenada” para un movimiento que es todo lo contrario, y eso puede dejar a algunos espectadores con ganas de un filo más marcado.
La película tiene algo que la hace especial. Muestra la creatividad como un accidente hermoso, como el encuentro entre personas que no tienen del todo claro lo que están haciendo, pero sienten que están inventando algo. Y en esa ligereza es donde la película más brilla. Linklater logra que Nouvelle Vague se sienta como una de esas historias cálida, divertida y consciente de su valor cinéfilo pero sin ponerse arrogante.

Al final, Nouvelle Vague es una experiencia que depende del espectador. Si te interesa la historia del cine, las anécdotas de rodaje y el encanto de la improvisación, la vas a disfrutar muchísimo. Si esperás un retrato radical que capture la furia original de Godard, quizás sientas que se queda a mitad de camino. No es precisamente un golpe caotico, pero sí un abrazo cálido a la historia del cine. Un viaje visual elegante, con momentos de humor, tensión y una belleza tranquila.




