Uno de los estrenos más esperados del año, y luego del éxito de La virgen de la tosquera, es sin duda Mis muertos tristes, la miniserie dirigida por Pablo Larrain basada en los cuentos de Mariana Enríquez.
La apuesta tiene como protagonista a Mercedes Morán en la piel de Emma, una médica sencilla de clase media que tiene el ¿don? de ver y hablar con los muertos. Morán destaca recreando un personaje de gestos estoicos y un mundo interior complejo, lleno de matuces. Así también es Mis muertos tristes; dramática, intensa, contradictoria, no suficiente.

El conflicto con esta producción audiovisual reposa en la sobrecarga de recursos: hay una excesiva intencionalidad de que todo sea solemne u hostil, desde los personajes, hasta la ambientación, la fotografía y el guión. Aspecto que termina volviéndose contraproducente.. si todo es solemne, nada es realmente solemne.
Lo mismo ocurre con la crítica social: hay un guiño constante a denunciar o, bien, a problematizar las desigualdades sociales. Ese cúmulo, obvio por momentos, termina por agotar la idea y dejarla sin el efecto deseado.
Es en la atmósfera donde la serie logra salirse con la suya. consigue construir un clima enrarecido e inquietante, generando un climax que se torna cada vez más sucio y oscuro. Su mayor virtud es que está sostenido por una ambientación muy cuidada, lo que termina siendo no sólo lo mejor de la serie, sino que también demuestra estar a la altura del imaginario de Mariana Enríquez.
Completan el (gran) reparto Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carlos Portaluppi. Además cuenta con la participación y debút actoral de Carolina Sánchez Alvarez, en el papel de Jullie; una grata sorpresa a la altura de las circunstancias.




