“Una película de Parque Chas” de Aye Redigonda

El mapa humano del barrio

Caminar por Parque Chas implica aceptar el extravío por las calles que le dan forma y que tan solo unos pocos aseguran conocer de memoria. Sin embargo, el verdadero acierto de la realizadora Aye Redigonda no radica en registrar el trazado concéntrico de su mapa, sino en entender que el laberinto es, ante todo, un estado mental y un tejido de relatos orales. En su ópera prima, el barrio abandona la categoría de escenario geográfico para convertirse en un personaje vivo y lúdico; un entorno que se moldea y aglutina entre las excentricidades de sus habitantes, quienes elaboran desde sus testimonios una atmósfera única. 

De hecho, hay un extrañamiento poético irresistible en esa cartografía. Coexiste una fisonomía puramente porteña de casas bajas, veredas y mates, con pasajes sin salida que llevan nombres de ciudades europeas como Cádiz o Liverpool. Es como si el Viejo Mundo hubiera quedado atrapado y resignificado en un rincón de Buenos Aires. Por este motivo, la película descarta de inmediato, en una excelente decisión, la solemnidad del documental explicativo tradicional. No hay aquí voces autorizadas ni bustos parlantes dictando cátedra; por el contrario, la cámara opta por una horizontalidad absoluta que comparte la charla y se sitúa a la altura de los vecinos. De esta manera, el film elige desde su puesta en escena una ternura genuina que dignifica los pequeños rituales cotidianos, los amores nacidos en la ochava y los mitos domésticos de los entrevistados. 

El corazón conceptual de la película late en esa maravillosa polifonía sobre la geometría mítica y el origen del trazado. Mientras un vecino jura que las calles dibujan un trébol benévolo, otro ve la silueta de una flor que el fundador Vicente Chas le regaló a su esposa. Un tercero, en cambio, tuerce el mito hacia lo gótico, asegurando que se diseñó como una trampa arquitectónica para que su mujer nunca pudiera escapar. Frente a estos comentarios vecinales, el documental expone su verdadero interés, que por supuesto no pasa por la fría verdad catastral, sino más bien por el valor de la fábula colectiva. 

Así, los testimonios se vuelven sumamente sensoriales, recuperando los olores perdidos de la infancia o la fisonomía de los patios de antes a través de voces entrañables como la de Alicia, cuya charla de terraza a terraza marcó la chispita inicial de este proyecto. Ese rescate de la identidad local se profundiza al incorporar a vecinos emblemáticos que custodian la memoria colectiva, como Graciela Barrios, la voz del tango en Parque Chas, y Carlos «Lito» Grisafi. Asimismo, el recorrido cinematográfico transita de manera natural por los espacios de resistencia que sostienen la vida comunitaria, haciendo visibles a instituciones clave del barrio como el Club El Trébol, la Asociación de Fomento Parque Chas y la Escuela Petronila Rodríguez. 

La película capta también con gran agudeza los contrastes del presente. Los relatos exponen la tensión urbana frente a la llegada de los nuevos edificios, un avance del cemento que amenaza con romper la escala humana del barrio aunque, claramente, no logrará disolver su encanto. Ese magnetismo se sostiene gracias a la complicidad intergeneracional de sus habitantes. El film retrata con la misma frescura la memoria viva de los mayores y el arraigo de los jóvenes; una vitalidad encarnada en personajes como Laura, cuya bicicleta se vuelve el vehículo ideal para explorar el asfalto. 

Por esta razón, la edición se convierte en el principal motor lúdico del texto fílmico: las anécdotas se entrecruzan, se desvían, se contradicen y vuelven a pasar por el mismo punto, replicando la experiencia de caminar por la calle Berlín, bautizada por los propios vecinos como “la calle redonda”. Las leyendas urbanas —desde la flor de cemento que dibuja su trazado hasta las vivencias de quienes incursionan en sus curvas— dejan de ser meros cuentos folclóricos para volverse la estructura misma del relato. 

Esta rítmica interna encuentra su eco perfecto en la banda sonora. Lejos de ser un acompañamiento incidental, la música atraviesa el metraje mediante cantos espontáneos e interpretaciones de diversos cantantes locales, un pulso melódico que estalla sobre el final con la aparición de la banda en vivo. Este cierre contagia al film de una textura festiva y descalza que unifica a toda la barriada. En consecuencia, al dejar visibles las costuras del rodaje —los silencios incómodos, las pifias de los protagonistas y los accidentes del directo—, la pantalla se transforma en un espejo transparente. No hay filtros entre los vecinos y el espectador. De este modo, la directora «da forma» a un artefacto sumamente fresco, un cine comunitario y vivo donde el error forma parte fundamental de la textura de la verdad. 

Esta polifonía horizontal y festiva tendrá sus paradas más significativas en la cartelera porteña cuando se proyecte en el emblemático Cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635) las jornadas del 4 y 11 de octubre. Estos encuentros con el público consolidan la película como un hito imprescindible para redescubrir la identidad vecinal y comunitaria de este rincón tan particular de Buenos Aires. 

En conclusión, “Una película de Parque Chas” termina siendo una hermosa declaración de principios sobre la antropología de lo cotidiano. Nos recuerda que el misterio no se esconde en realidades remotas, sino en la vereda de al lado, siempre y cuando se tenga la paciencia y la sensibilidad necesarias para filmar el asombro que nos rodea.

Deja un comentario

Volver al botón superior