“La noche está marchándose ya”

Cineclub o barbarie: La resistencia cultural en tiempos de ajuste

Tras el premiado cortometraje Mi última aventura (2021), Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini regresan con su primer largometraje: “La noche está marchándose ya”. En un contexto marcado por el desmantelamiento institucional impulsado por el gobierno de Javier Milei, esta película emerge desde la escena de Córdoba no solo como una obra artística, sino como una necesaria trinchera cultural frente al ahogo de la industria argentina.

Por un lado, la premisa es tan cruel como cotidiana: los números no cierran. A raíz de los recortes presupuestarios, el administrador de un cineclub comunica que no hay fondos para dos proyeccionistas. Ante la imposibilidad de elegir, son los propios compañeros quienes resuelven su destino de la forma más azarosa: un duelo de piedra, papel o tijera. Es así como Pelu (Octavio Bertone), el perdedor, termina aceptando el puesto de sereno nocturno para no quedarse en la calle.

Lo que sigue es un ejercicio de dirección excepcional. Salinas y Sonzini logran un relato tan natural que la cámara parece invisible; la película fluye con una organicidad asombrosa, donde los actores no parecen estar interpretando un guion, sino simplemente “existiendo” frente a nosotros. Este trabajo de dirección actoral despoja a la obra de cualquier artificio, permitiendo que la transición de Pelu hacia la invisibilidad —viviendo, literal y metafóricamente, detrás de la pantalla— se sienta dolorosamente real.

A pesar de lo anterior, lo más difícil en el cine social es evitar el golpe bajo, y los directores lo logran con maestría. Aunque el trasfondo es la angustia de la precarización económica, el relato mantiene un tono ligero y entrañable. El humor surge de la propia cotidianeidad, demostrando que la vida y la resistencia continúan a pesar de las políticas de ajuste.

Asimismo, el film se presenta como una celebración cinéfila que dialoga con obras como la uruguaya “La vida útil”, de Federico Veiroj. Mediante una fotografía que remite al film noir y una narrativa de pocos diálogos, nos sumergimos en un universo de “encantadores losers” que buscan refugio en la oscuridad. En sintonía con esto, la música de Francisco Albarracín resulta clave: su banda sonora subraya ese refugio emocional, transformando al cineclub en un organismo vivo que protege a sus habitantes del caos exterior.

Por otra parte, la película contrapone con inteligencia dos mundos: la supervivencia analógica de Pelu y la realidad digital de su amiga Vale. En un gesto de lealtad, Pelu le permite a ella filmar sus videos para OnlyFans en la misma sala de proyección. En ese cruce de necesidades, se construye una micro-comunidad de resistencia entre las butacas.

En conclusión, “La noche está marchándose ya” es un film humanista que transforma la precariedad en resistencia. Frente a un panorama político que intenta despojar al cine de su valor, Salinas y Sonzini eligen la magia de la sala cordobesa como refugio y trinchera, bajo la eterna promesa de que, incluso en los tiempos de mayor desamparo estatal, el arte y la comunidad son lo único que nos mantiene a salvo.

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