“Los lagos” crítica

Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera

Este documental de Diego Gassachin sigue de cerca a dos hermanos (Agustín y Tomás Lago) que tienen un vínculo no precisamente complejo, pero sí algo distante. Ambos practican terapias de sanación desde puntos de vista completamente diferentes: Tomás trabaja en cuidados paliativos en clínicas y hospitales del conurbano bonaerense, ayudando a sus pacientes a despedirse de sus seres queridos sin dolor físico y, en paralelo, contrario a esa visión tradicional, Agustín realiza biodecodificación, buscando las causas de las enfermedades en traumas del pasado.

Sin muchos enrosques o preámbulos complejos, el director busca visibilizar el gran contraste que existe entre dos hermanos que, a pesar de haber vivido la misma infancia y compartir el afán de curar/sanar, tienen un presente completamente diferente y un vínculo difícil de penetrar más allá de formalidades.
Y, en ese sentido, el contraste que se busca visibilizar está muy bien logrado. Agustín es un tipo bohemio que vive en Catamarca construyendo casas de barro, no tiene luz ni gas, obtiene agua potable de un pozo y se muestra más sentimental y abierto. Tomás se encuentra en las antípodas de su hermano: es quizás ese cliché de todo lo que se espera de un hermano mayor: profesional, padre de familia, reservado, cauto y de pocas palabras.

Es, en este contraste que la película encuentra su nucleo: en el énfasis en el paralelismo que se encuentra en dos hermanos que, de alguna manera, pero con diferentes formas, tienen el mismo objetivo.

El punto álgido del documental aparece cuando Agustín busca sanar sus propios conflictos con su hermano, indagando en el linaje familiar y recurriendo a prácticas alternativas para sanar sus diferencias. En medio de este vaivén, los hermanos harán un viaje al sur de Argentina, donde Tomás correrá una carrera de autosuficiencia de 120 kilómetros y Agustín lo fotografiará, lo que será la excusa para intentar acercarse y resolver sus diferencias.

El largometraje nos regala grandes momentos emotivos, capaces de emocionar a cualquiera que tenga hermanos. Sin añadiduras, el único recurso que se utiliza es una cámara que sigue de cerca a cada uno de ellos en su cotidianidad, y eso resulta suficiente para poder conectar con la historia.
Es un documental minimalista, sin muchas hazañas, pero que cumple su cometido: que pasemos por un puñado de emociones, tras una cámara austera y objetiva que sigue de cerca la posible sanación de un vínculo entre dos hermanos.

 

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