“Canciones que mis hermanos me enseñaron” de Cloé Zhaho. Crítica

Un film altamente poético pero sin poemas, analizado desde la mirada crítica del psicoanalista cinéfilo, Mario Betteo.

No haciendo uso de actores profesionales, ambientada en una reserva indígena Lakota “Pine Ridge”, Cloé Zhaho da inicio a su carrera de directora en el 2015, sin que hayamos tenido noticias de su primera película “Songs my brothers taught me” (Canciones que mis hermanos me enseñaron). Ahora bien, que la realizadora esté multi-nominada en este Oscar 2021 por “Nomadland”, obliga a dar una mirada a éste su primer film.

Un incendio de una casa con su ocupante dentro, dormido debido a su borrachera, al morir carbonizado, deja varios hijos de distintas madres huérfanos, así como una esposa viuda. Todos forman parte de una reservación indígena en los Estados Unidos. La muerte del padre no es muy llorada sino simplemente aceptada. La historia tratará de la intensa relación que existe entre Johnny y Jashuan, dos hermanos unidos en sus correrías y pequeñas aventuras.

Otro hermano de ellos, mayor, está preso en una cárcel. Ella  admira a su hermano, lo sigue, lo mira incluso con una especie de amor. Él tiene a su vez una novia también de la reserva, con quien planea irse a Los Ángeles a probar fortuna. Otro dato no menor es que Johnny junta dinero para ese plan de apartarse, vendiendo alcohol, vodka, cerveza a jóvenes y no tan jóvenes de su propia reserva, acto que está mal visto. Tomar alcohol funciona en muchos como una huida, un escape, un desafío o una incómoda rebelión hacia la sociedad norteamericana. La muerte del padre, víctima del alcohol y la orfandad de esos chicos, es un eje fuerte de la película.

El film se luce haciendo decir a sus personajes, más con gestos que con palabras, lo aislado que está la comunidad del resto del país blanco americano. Separados para bien, en el sentido de no contaminados con el obsceno mundo del consumo y separados para mal, porque salvo la salud y la educación, no hay muchos puentes  culturales y económicos con el país que los cobija como si fueran refugiados.

Cerca de cuatro millones de habitantes de los EE.UU. son nativos de familias originarias del territorio que había antes de la conquista. Antes de la colonización y exterminio de gran porcentaje de los nativos, ellos no consumían nada parecido al alcohol que luego trajeron los europeos; sólo algún tipo de bebida de semillas fermentadas, de muy baja graduación alcohólica y, sobre todo, durante sus ceremonias. A medida que la conquista fue impuesta, y se empezó a realizar comercio con ellos, el alcohol formó parte de los encuentros de intercambio y negocio, lo cual trajo aparejado que el alcohol se incorporara a uno de los modos de socialización a la hora de comerciar con los europeos para sobrevivir.

El alcohol entre los nativos de Norteamérica tiene varios modos de ser entendido. Por un lado es un elemento que tiene un alto valor simbólico, es decir, significa destrucción, colonización, invasión. Como si además, el tomar alcohol fuera un modo de privar a la persona de su condición de humano, conquistado más por “Jack Daniels” que por algún general. Por otro lado, tomar alcohol en excesos es un modo de intentar adquirir los beneficios que se supone tienen los blancos en la sociedad. Una suerte de maldición de los blancos.

Un “ser humano” es, para un nativo, el vivir en concordancia con las tradiciones y rituales, el orden de la vida de sus ancestros. Humildad, consistencia con las palabras y actos, reciprocidad, educación, sobriedad. La colonización, mediante el alcohol, logró de cierto modo deshumanizar a los nativos.

Una de las explicaciones que hoy se esgrimen de la toxicidad es que los nativos tendrían constitutivamente baja aceptación en su metabolismo para degradar el alcohol y eso produce mayor intoxicación. Otra es que la baja capacidad de producción, comercio, relación laboral, empleos de ellos hace que su nivel de vida sea significativamente menor que el de los blancos, lo cual empuja a buscar paliativos, calmantes, distracciones en el alcohol. La reservaciones indígenas no son más que campos de refugiados que tienen, como decíamos, ciertos beneficios en salud y educación de los blancos, y además se junta con esto que los casinos de la gran parte del territorio norteamericano está ahora administrados y sostenidos solamente por poblaciones nativas, con lo cual es una manera de extraer dinero de los blancos, sin pagar impuestos y eso sucede en un clima eminentemente del juego y las apuestas, donde también circula habitualmente mucho alcohol y drogas. La pérdida de su lengua, su arte, sus rituales, es una explicación muy poderosa que sobrevuela en todo el film. La conquista fue un exterminio de cuerpos y de lenguas, artes, leyes, rituales. Sin eso, el nativo queda totalmente expuesto a la explotación, el vasallaje.

Una cosa es el ritual que implica el consumo de drogas del tipo del peyote o los hongos, que está totalmente codificado por la ceremonia, el culto a los ancestros, el encuentro con el más allá, y una forma de retornar al pasado, y otro es el consumo de alcohol en grandes cantidades, de manera solitaria o en encuentros sociales, que enajenan totalmente a la persona, la anestesian realmente, pero el dolor vuelve.

El film cabalga entonces entre un documental descriptivo de una sociedad y una historia de los debuts de experiencias, que van desde el sexo hasta el mercado laboral. No se trata de culpar sino de mostrar. Es un film altamente poético pero sin poemas; extraño y conocido; apasionado y algo distante. El dilema acerca de apartarse de su propia cultura, sus historias, sus rituales, sus aprestos en búsqueda de un nuevo continente (Los Ángeles en este caso) orientan el último tercio de la película.; porque la riqueza parece que está más allá del desierto, en la tierra prometida. Quien la pise, y más siendo de familia indígena, será explotado sin misericordia, tendrá que renunciar a cualquier defensa y en el caso de Johhny, no se tratará de vender alcohol a los suyos, sino vender su cuerpo al mejor postor.

Las canciones  pueden  seguir  sonando, pero lejos, inaudibles, un murmullo que se lo llevará el viento del imperio americano.

Crítica: Mario Betteo

Edición periodística: Andrea Reyes

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