¿Qué ocurre cuando en nuestro mundo interno todo nos parece lejano? ¿Cuando todo se vuelve fugaz? ¿Cuando estamos, pero sentimos que no estamos?
En estas preguntas nos sumerge Milagros Mulmenthaler a través del personaje de Lina, una diseñadora de moda en sus treintis que, en un aparente arrebato de sensaciones y casi de manera imprevista, atraviesa una crisis de identidad en pleno auge de su carrera profesional.
Todo comienza en Suiza, cuando Lina (una fabulosa Isabel Aimé González Sola) recibe un premio por su labor profesional. Este hecho, que para cualquier otra persona significaría alcanzar el éxito, parece catapultar una secuencia de sucesos a futuro que llevarán a la protagonista a situaciones extremas y crisis identitarias.
De regreso a Buenos Aires y ya en su casa, Lina se encuentra con su familia: su marido (Esteban Bigliardo) y su hija de cinco años (Emma Fayo Duarte). Allí, a duras penas, trata de volver a conectar con su rutina, sostenida en automático. En este punto es interesante ver cómo se aborda la familia como institución y, especialmente, la maternidad, que aparece despojada de cualquier idealización. Lina es madre sin dejar de sentirse perdida, fragmentada, y el film se anima a mostrar esa tensión sin juzgarla ni resolverla: el cuidado, la presencia exigida y el amor coexisten con el agotamiento, la desconexión y la culpa. Esa misma distancia se replica en el vínculo con su marido: está presente, pero sin posibilidad de construir el vínculo.
La aparición de una vieja amiga (Jazmín Carballo), una peluquera que la ayudará a desentrañar sus demonios con unos extraños métodos, será clave para entender, o tratar de entender, un poco más la cabeza de nuestra protagonista.
El film avanza con un ritmo enigmático, cercano al del thriller psicológico. Nada es casual: ni los silencios, ni los planos fijos, ni los diálogos escuetos. Todo está milimétricamente calculado para que el espectador no comprenda del todo, sino que perciba, sea apenas salpicado por el estado emocional que atraviesa la protagonista. Mulmenthaler nos hace entrar en una suerte de yuxtaposición: a medida que transcurre el film, parece que el tiempo se suspende y, a la vez, el mundo sigue girando: las calles ruidosas de Buenos Aires, las actividades que hacen los allegados a Lina, su trabajo, el de su marido, las actividades de su hija Sofi.

La película retrata con precisión cómo, aun cuando el sujeto se percibe lejano, frágil o inasible, la vida -la mente- no se detienen. No hay pausa posible.
Lina permanece allí, oscilando entre la presencia y la ausencia, intentando sostener el trabajo, la maternidad, la pareja, el peso del pasado y el tormento sobre su propia existencia.
Las corrientes es también un retrato de la clase alta: la ostentación, lo performativo, el deber ser y los días que corren sin parar, sin freno, sin cuestionar.
En tiempos donde la industria está tan vapuleada, esta gema argentina tuvo su premiere mundial en la sección oficial competitiva del 50° Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y fue galardonada con el Premio RTVE en la 73ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, además de participar de la programación de New York Film Festival, Busan y Viennale, entre otros.
Con Las corrientes, Milagros Mulmenthaler consolida una obra madura y rigurosa, que se anima a explorar los pliegues más incómodos de la subjetividad contemporánea, con una mirada autoral sólida y penetrante, capaz de transformar el vacío y el desconcierto en una experiencia cinematográfica profunda y cautivante.



