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“La muerte de Stalin” de Armando Iannucci. Crítica

Tono de farsa y disparates lógicos como ejes del film “La muerte de Stalin”.

Del famoso “Funeral de Estado” que Loznitsa maravilló en su elocuencia y detalle, con “La muerte de Stalin” Iannucci se apodera de la historia y la reescribe, convirtiéndola en un gran sketch cómico bajo una mirada crítica, aguda y rocambolesca.  

La muerte de Stalin': Putin se cabrea - Cine - A La ContraHegel primero y Marx después hicieron muy popular la frase que define a la historia como apareciendo dos veces; la primera como tragedia y la segunda como farsa. Como psicoanalista cinéfilo, me atrevo a confirmar esa secuencia, porque fue el orden en el cual vi dos films que tratan de lo mismo: el primero “Funeral de Estado” de Sergei Loznitsa (2019) -ya comentado en este sitio-, y unos días después “La muerte de Stalin” de Armando Iannucci (2018). El primero, la edición de una versión de lo filmado en 1953 durante las exequias de Stalin (tragedia); la segunda, una ficción desopilantemente cómica de los sucesos inmediatamente previos a la muerte de Stalin y el funeral con sus consecuencias (farsa).

No se puede repetir lo irrepetible. Ahora le toca a este cronista hacer una lectura de la farsa en cuestión que está en total correspondencia discursiva con la primera, aunque parezca una herejía.

Netflix tiene esas cosas. Sabe lo que es el negocio y, por lo tanto, no se negará en agregar a su lista de películas, films como éstos o  una polémica biografía de Trotsky.

El director y guionista principal de “La muerte de Stalin” tiene un muy ganado reconocimiento por el público de las series, porque es el responsable de la muy exitosa “Veep”, sátira política acerca de la vicepresidenta de los EEUU que debe lidiar con ese cargo y además aspira a ser presidenta. Además, la película en cuestión, su tono, su enfoque, sus diálogos, su ritmo, son deudores con legítimo respeto de films sobresalientes como “El gran dictador” de Charles Chaplin o “Dr. Strangelove” de Kubrick; de la filmografía de Monty Python por la respetuosa irreverencia hacia algunos momentos de la historia; algunos films de Mel Brooks o más cercano en el tiempo, los films de Borat. 

En un principio desconcierta, porque todavía no estamos preparados para registrar el modo y la clave de la película. Stalin está vivo y rodeado de sus ministros y secretarios, sigue tramando deshacerse de sus enemigos internos, comandando un estado a base de una robusta economía industrial y agraria, al mismo tiempo que configura un modelo de revolución soviético homicida y sanguinario. El terror del Estado está en manos de Beria, su ministro de seguridad interior: sus órdenes, la obediencia estricta, la exactitud sobre todas las cosas, las listas de la muerte, que son dadas con si fueran órdenes para hacer compras en un supermercado. Hay cierta maestría de parte de Iannucci para poder transmitir el horror de la tortura con un tono de banalidad cómica, sin que ofenda a los muertos.

La muerte de Stalin': La película que enfurece a PutinPero de pronto, en insólitas circunstancias, Stalin cae casi muerto de una hemiplejía y allí nos encontramos con  el signo del film. Stalin tirado en el suelo y a su alrededor van llegando los ministros y todos, a su manera, tratan de comentar lo que ven pero nadie quiere llamar a un médico, argumentando sofismas y razonamientos lógicos, porque finalmente todos lo quieren vivo y, al mismo tiempo, lo quieren muerto. Nadie está urgido, lo cual es ya un efecto cómico. Todos se consuelan pero no hacen nada, nadie decide. Uno clama: “¿Dónde encontrar a un buen médico si los hemos matado a todos por ser conspiradores?”. Entonces, Kruschev (notable Steve Buscemi) dice: “Llamemos a un doctor malo, y si Stalin se recupera, sabrá que era un muy buen médico y si se muere… bueno… no se dará cuenta de que era malo”. Este es un ejemplo del tono de farsa y disparates lógicos que va a ser el eje de todo el film, hasta su último cuadro. 

El famoso funeral de estado que Loznitsa nos maravilló en su elocuencia y detalle, Iannucci lo replica pero desde dentro, como si el funeral fuese una producción cinematográfica, con los productores, los escenógrafos, los maquilladores, en medio de los complots que van generando los distintos ministros y secretarios. ¿Quién va a sobrevivir y reemplazar a Stalin? La bandera que parece a todos guiar en esta sanguinaria cónclave por la sucesión es la lealtad, palabra que comanda muchas de sus decisiones; lealtad al régimen, a la figura de Stalin, a la línea del partido,  y si para eso se debe de crear otra narrativa, se redacta otra razón de estado.  Continuidad vs reforma: pero en este caso parece que es lo mismo. 

Aquello que permite leer de otra manera a la historia es el paso de un discurso al otro; de la seriedad testimonial a la ficción irreverente de cualquier intento de imitar a la realidad, a los hechos fácticos. Como dice uno de ellos: “Paz y salchichas: las dos son buenas, pero  sabemos de qué  están hechas las salchichas”. Golpe de estado, ajusticiamientos, represión y muerte hacia las masas que querían entrar a Moscú para estar junto a Stalin.

Iannucci se apodera de la historia y la reescribe, la convierte en un vodevil, un gran sketch cómico que al poner en ridículo a las figuras de reverencia, ofrece un producto comercialmente digerible que envuelve un sarcasmo, una mirada crítica aguda y rocambolesca. Como llegó a decir John Lennon acerca de su canción “Imagine”“Es anti religiosa, anti convencional y anti capitalista, pero es aceptada porque está recubierta de azúcar”. Entonces… es necesario darse el tiempo de ver estas dos versiones de la historia. No se superan ni se excluyen, sino que se articulan.

Crítica: Mario Betteo

Edición Periodística: Andrea Reyes

 

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