Good Boy cuenta la historia de Indy, un perro que se muda con su dueño Todd a la antigua casa familiar, un lugar rodeado de rumores de embrujamiento. A medida que Todd ignora las advertencias, Indy empieza a percibir presencias que escapan a la comprensión humana y se ve obligado a proteger a su dueño frente a fuerzas invisibles, convirtiendo su lealtad en la única defensa contra el miedo.

Ben Leonberg con su opera prima logra un enfoque original al ponernos en la piel de un protagonista poco convencional: un perro. El film utiliza la perspectiva de Indy para sumergir al espectador en su mundo, apoyándose en planos bajos y contrapicados que generan tensión y aumentan la inmersión durante todo el film. La actuación de Indy es por lejos lo mas destacado por ser muy expresiva, transmitiendo miedo, confusión y determinación de manera muy convincente.
Good Boy acierta al construir su atmósfera a partir de lo que Indy percibe. La película no da explicaciones innecesarias y mezcla lo cotidiano con lo sobrenatural de manera efectiva. La iluminación y los encuadres refuerzan la sensación de peligro constante, sobre todo en los momentos en que el entorno parece cobrar vida. Logra verse natural constantemente.

Sin embargo, la historia pierde fuerza en algunos tramos debido a su falta de giros. Se apoya demasiado en la expectativa y en símbolos que, tras varias repeticiones, pierden impacto y pecan de obvios. La película podría haber explorado otros recursos del género para sostener la tensión hasta el final. Aun así, el interés se mantiene gracias a la sensibilidad y curiosidad de Indy, que funcionan como motor del relato.
En síntesis,
Good Boy demuestra que es posible generar terror desde un punto de vista no humano sin que se sienta forzado. Es una ópera prima que abre un camino prometedor para el terror, con claros aciertos en la dirección visual y el suspenso, aunque con espacio para mejorar en la narrativa.



