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“El sonido del metal” Crítica. Lo perdido que no vuelve

La película nominada para los premios Oscar bajo la mirada psiconalítica y cinéfila de Mario Betteo

Una película que trata de una pérdida, no de una cualquiera, sino de la pérdida de la capacidad de oír, palabras, música, sonidos. Y también es la historia de un intento desesperado de recuperar lo irrecuperable.

Es en ese territorio que también se cuenta una historia de amor entre Lou y Ruben. El es un baterista muy enérgico, salvaje diríamos, que acompaña o más bien conforma un dúo con Lou que es guitarrista y cantante, de fuerte y estridente voz y que canta acerca del “agujero que es la meta de los jóvenes.” De pronto, sin que nada lo anuncie, Ruben pierde tres cuartas partes de la audición. El film nos hace experimentar esa pérdida porque en momentos escuchamos lo que él escucha, solo murmullos lejanos. Film candidato al Oscar de este año, obra de Darius Marder, con la actuación de Riz Ahmed y Olivia Cook y una breve escena de Mathieu Amalric y un notable personaje encantando por Paul Raci.

Volviendo al film, es como si Ruben hubiese adquirido una capacidad nueva, la de escuchar palabras que se parecen por su sonido a las que le dictan: Camión es Ramón; camino es amigo. Los médicos le indican que la única solución es la de realizar un implante coclear, es decir, adaptarle un aparato electrónico a su sistema auditivo que reemplace lo lesionado y que le haga creer al cerebro que escucha con el oído. Ruben, a instancia s de Lou decide probar conocer cómo funciona una comunidad de gente que es hipoacúsica, que vive separada de los lugares sociales habituales, que hablan entre sí con el lenguaje de señas, y que se trata de aprender como ser sordo, porque la sordera no es una discapacidad, no es algo que hay que arreglar. El problema está en la cabeza y no en el oído. Incluso las pruebas de sonido a que él es objeto, parecen las que él hacía con sus equipos, sobre las finezas del sonido delicadamente elegido.

El problema de Ruben es que además fue un adicto importante, y aunque hace cuatro años que está limpio, sigue teniendo reacciones impulsivas, agresivas, sobre todo con sus cosas, su batería, sus equipos de audio que ellos dos llevan en su casa rodante de aquí para allá. El asunto es que la pareja se rompe en ese momento. Ella decide irse a París a encontrarse con su padre y él queda a la deriva. Y es en esas circunstancias, que aunque logra hacer avances en el aprendizaje del lenguaje de señas, que no es la “reeducación” del oído, sino otra lengua en que el cuerpo en su conjunto habla con gestos, vemos a un desesperado y talentoso joven no soportar el encierro. El director y guionistas hacen un trabajo notable al seguir de cerca este proceso, en donde participamos de esa especie de caos que resulta estar sentado alrededor de una mesa en que varios hablan con señas, todos al mismo tiempo, donde no se oye pero hay múltiples lecturas y que nosotros imaginamos escuchar en nuestras cabezas.

Ni que hablar del compromiso corporal que resulta para Ahmed aprender esa nueva lengua y encontrarse actuando en esas nuevas circunstancias. Su mirada parece que trata de horadar a los que lo rodean en el afán de recuperar lo perdido. Por otro lado, el amor que sostenía a ambos cuerpos, el de ella con marcas de cortes en los brazos producto de algún pasaje al acto suicida, ese duo con cierto éxito y viajando por todo los Estados Unidos, unidos por una amalgama que parece que lo puede todo, ese amor con la música y las palabras al claudicar, al separarse deja a ambos en un estado de exploración de sus propios andamiajes.

Es en esta segunda parte de la película que la historia da un vuelco, ya que Ruben toma una brusca decisión, de empeñar todo lo que tiene por tratar de compensar su falta, un poco a la manera que lo haría un consumidor de droga, haciendo lo que sea para meterse algo en el cuerpo que compense una parte de sí que no está firmemente adosada al cuerpo. De aquí que el nombre de “El sonido del metal” que viene a ser el tipo de sonido que alcanza a meterse a través de los implantes. Voces que son metálicas, como las de una conversación telefónica de mala calidad, ruidos ambientales que estallan como bombas. Vive de allí en adelante en un espacio totalmente artificial.

El final el director lo alcanza de una manera elocuente y algo trágica, porque la paz volverá a Ruben en la medida en que esté dispuesto a volver a perder lo adquirido, ese sonido de metal, a cambio de un silencio donde por fin parece que ha encontrado su objeto sonoro. Los juegos con la vida y la muerte que los mantenían a Lou y Ruben unidos, ahora deberán re-anudar el nudo de otra manera.

No sabemos si la semejante apuesta de este film alcance a llevarse la ansiada estatuilla. No creo que eso sea lo fundamental. El hecho que más importa tal vez sea el de hacer resonar en el público el hecho tan crucial que resulta el campo sonoro y sobre todo en la música, ese lenguaje que no es lenguaje, que cifra con signos sin sentido y que evoca en cada quien efectos inexorables.

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