CRÍTICA: “EL RETRATO DE MI PADRE” (2022)

PELICULA URUGUAYA DIRIGIDA POR JUAN IGNACIO FERNÁNDEZ HOPPE

Juan Ignacio Fernández Hoppe nos presenta “El Retrato de mi padre”, un documental que nos embarca en una búsqueda profunda y personal sobre la muerte de su padre, quien fue hallado sin vida en la playa de Salinas, Uruguay, en los años noventa. Y tras tres décadas, Juan decide buscar una respuesta, con una investigación ardua y con los testimonio de aquellos cercanos. Lo que en principio parece un relato íntimo, casi privado, se transforma en un documental que cuestiona la verdad, la memoria y los mecanismos familiares frente al trauma.

Juan tenía tan solo ocho años cuando la muerte de su padre ocurrió. Su madre, psiquiatra, optó por no realizar una autopsia, desestimando la posibilidad de un suicidio. Esa decisión silenció durante años una pregunta sin respuesta. Treinta años después, el director intenta entender no sólo cómo murió su padre, sino quién fue realmente ese hombre, del que guarda apenas un puñado de recuerdos y una caja con objetos personales: una grabadora, un piano, algunas fotos.

El film está construido de manera cronológica, primero se nos cuenta el contexto de la historia, con audios reales de llamadas, e imágenes y fotos de los protagonistas. Luego aparecen los testimonios de los familiares, en su mayoría entrevistados en el mismo escenario, lo que pareciera ser una habitación con un fondo blanco. Esto nos permite como espectador prestar toda nuestra atención hacia las palabras que vamos escuchando. Las imágenes de archivo, los objetos personales y las fotografías se presentan también de forma aislada, casi como piezas forenses de una investigación emocional.  Y de esta manera, de a poco se va hilando esta búsqueda de una respuesta sobre la muerte de aquel músico inclasificable, apasionado por la musicoterapia, que trabajó con adolescentes con discapacidad y dejó huellas significativas en algunos de ellos.

Sin embargo, la figura del padre se resiste a ser reconstruida por completo. Hay algo que se escapa, una niebla densa; puede ser relacionado a la enfermedad mental, el abuso de la medicación o el dolor no dicho; que lo envuelve todo y no permite tener una respuesta clara. En ese sentido, el documental se distancia de una biografía tradicional para convertirse en una reflexión sobre la complejidad del recuerdo. La ausencia del padre, más que un vacío, es una presencia que incomoda, que sigue exigiendo respuestas y que confronta al cineasta con el relato que su familia construyó para sobrevivir.

En definitiva, “El retrato de mi padre” no es solo un intento de cerrar una historia, sino es un ensayo cinematográfico que busca reconstruir una figura paterna y comprender que es lo que queda cuando alguien se va: fragmentos, silencios, contradicciones. Y en esa tensión entre lo que se recuerda y lo que no se puede saber, el director encuentra el verdadero corazón de su película.

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