“Bajo los cielos del Líbano” de Chloé Mazlo. Crítica.

La nueva adición al catalogo de MUBI

Siempre me resultó curioso saber cómo y de qué manera se le da nombre a las películas. Además, a esto se le suma el trabajo de los traductores, que en algunas ocasiones hacen su trabajo literalmente, otras veces “interpretan” el título y en ocasiones lo hacen popular en la lengua castellana. En este caso, me detengo en el film de Chloé Mazlo “Bajo los cielos del Líbano” (2020, MUBI) ópera prima de esta directora que viene del campo de la animación.  “Sur les ciels d’Alice” es el nombre original.

Conjeturo que  tal vez se le haya ocurrido que los cielos no fueran los de Alicia, sino los del Líbano. Pero Mazlo decidió que eran los cielos de Alicia. ¿Entonces por qué sustituirla por “Líbano”?  Líbano no dice, como palabra, lo que dice Alicia. ¿Más marketinera? ¿Más precisa para situar mejor al espectador? ¿Más o menos? 

La película se centra  en la susodicha Alicia. Una ya no tan joven mujer, que la vemos escribiéndole a quien parece ser su esposo, arriba de un buque, acerca de su decisión de dejar de vivir en Beirut. Alicia es presentada luego como una niña suiza que decide emigrar al Líbano a raíz de una propuesta laboral. Es así que comienza el viaje de esta nueva Alicia,  no exactamente la de Lewis Carroll, pero que conserva ciertos detalles que la hacen muy cercana. 

La directora comienza a fascinarnos con el uso de la animación, los stop motion de  los muñequitos, los juegos de tableros, y un sin fin de recursos que le permiten convertir la historia de ella en un collage muy entretenido, vistoso y sobre todo útil a la hora de narrar sus peripecias. Alicia atraviesa el espejo o se mete en el túnel del topo para desembocar en la ciudad de Beirut. Es alrededor de comienzos de los 70, un poco antes o un poco después. 

Esos serán los cielos de Alicia. El amor que se produce entre ella y el joven Joseph, que se convierte en un amor  atemporal, ideal, supremo. Donde el sexo no está presente. La  directora y guionista no le resultó necesario explicitar ni mostrar las pasiones del cuerpo tal vez debido a ese tono juvenil, inocente, virginal que le imprime a Alicia (Alba Rohrwager) y a su luego esposo Joseph (Wajdi Mouawad). Se constituye un familia (nace la hija Mona) dentro de la vida de esa ciudad que va a estar sometida a una guerra civil, donde se entrometen todos los países vecinos y los no vecinos. 

El film cuenta, evocando en algo a un cuento infantil, acerca de estas vicisitudes. ¿Alegoría? ¿Síntesis? ¿Ilustración? No nos atrevemos a catalogar lo que Chloé con mucho ingenio nos muestra acerca del enfrentamiento de las milicias musulmanas y cristianas. En una escena paródica, en una esquina cualquiera de Beirut, una pelea infantil entre dos bandos disfrazados de animales de granja.

Otra faceta fundamental del film se centra  en el trabajo que realiza Joseph, que es  astrofísico, alma mater del proyecto para crear una nave espacial del Líbano para poder así llevar al espacio a un astronauta libanés. Todo en medio de los resultados escandalosamente exitosos de la URSS (la sonda que  llegó a Venus) o los EEUU y sus misiones a la luna.

Encarna ese  costado disparatado que hace pareja con Alicia, una especie de mago ilusionista que cree en sus trucos. Y que sin sentirse ridículo, entiende que es el protagonista de que su país se eleve sobre los cielos y deje atrás los fanatismos políticos religiosos que han convertido a ese territorio en un queso gruyere.  

He leído críticas que apuntan a decir  el modo de situar a Alicia, su familia y a la familia de su familia libanesa, como un gesto naif, de simplificación y trivialización incluso del dolor humano. Parientes desaparecidos, bombardeos a domicilio, el horror de la guerra visto desde el ángulo adulto peor al mismo tiempo lúdico de una niña. Casi no hay crecimiento en Alicia, continuamente igual a sí misma.

Esos son los cielos de Alicia, no los del Líbano. Ese es el espacio de existencia seria y simple, dolorosa y cómica en el que Alicia se aloja y produce con ayuda de Chloé. No sabemos muy bien porqué la directora casi hace desaparecer el manejo de los stop motion, la animación,  a partir de la segunda mitad. Puede que haya querido marcar la diferencia de tiempos, el crecimiento de su personaje. Personalmente, el film pierde el encanto  y sobre todo la sorpresa a la que nos conducía ese uso mixto de actores y muñecos, escenarios pintados y escenarios filmados. Se convierte en un film más previsible, aunque nunca pierde la candidez que lo caracteriza. 

Podríamos detenernos en un sinfín de situaciones que bordean la parodia, la ironía, el Guignol, la farsa. A mi entender, la violencia de la guerra civil, y la convivencia del horror de la muerte con la mirada algo ingenua pero vital de Alicia, es la que nos conduce a los recorridos geográficos de un amor “puro” que debe de ser abandonado. Un cuento de hadas que merece hacerle un lugar ante una cartelera tan ocupada por documentales realistas, tragedias y dramas sociales que pretenden siempre (una justa razón los asiste) denunciar las atrocidades del mundo “civilizado”. Esperamos con entusiasmo el próximo film de  Chloé  Mazlo, para así confirmar o no, el deslumbrante mundo que existe bajo  los cielos de Chloé.  

M.B.

Critica por: Mario Betteo.
Edición: Francisco Mendes Moas.

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