Ayer llegó a MUBI Alpha, la nueva película de Julia Ducournau. Tras su paso por el Festival de Cannes y convertirse en la película de apertura del Festival de Sitges, la directora de Titane vuelve a apostar por un cine incómodo y profundamente físico. Protagonizada por Mélissa Boros junto a Golshifteh Farahani, Tahar Rahim y Emma Mackey, la película propone un drama familiar atravesado por el terror corporal y una potente alegoría sobre los primeros años de la epidemia del VIH.

Ambientada en una época que remite a fines de los años 80 o principios de los 90, aunque nunca se explicita, la historia sigue a Alpha, una adolescente de 13 años cuyo mundo cambia por completo luego de regresar a su casa con un tatuaje tras asistir a una fiesta con amigos. Ese hecho despierta en su madre el miedo a una nueva enfermedad mortal que se transmite por la sangre y que comienza a extender una paranoia colectiva. A partir de allí, Ducournau construye una historia donde el terror nace tanto de la enfermedad como del estigma y el rechazo que genera.

La alegoría con la crisis del VIH es evidente. Así como ocurrió durante aquellos años, el miedo al contagio termina convirtiéndose en una forma de aislamiento social. Pero en Alpha la enfermedad adquiere una dimensión visual mucho más extrema: los cuerpos comienzan a transformarse lentamente en mármol, y en el transcurso que el virus va esparciéndose por el cuerpo los movimientos de los infectados se vuelven cada vez más rígidos y extraños, rozando por momentos la imagen de un zombie. Ese terror corporal no busca únicamente impactar, sino materializar en el cuerpo el deterioro, el miedo y la exclusión.
Sin embargo, la película nunca se queda únicamente en ese contexto sanitario. En el centro del relato aparece una familia atravesada por distintos conflictos: la compleja relación entre madre e hija, el vínculo entre hermanos marcado por las adicciones y el vínculo entre Alpha y su tío. Sobre ese núcleo emocional, Ducournau también habla del paso a la adolescencia, del amor incondicional y de cómo una crisis externa puede exponer heridas que ya existían mucho antes.

Como ya es habitual en su filmografía, la directora utiliza el lenguaje cinematográfico como una herramienta narrativa más. La edición acelera y desacelera constantemente el ritmo, los colores saturados conviven con tonos fríos según el estado emocional de los personajes y las distintas líneas temporales se mezclan deliberadamente, generando una sensación de incertidumbre permanente. Todo contribuye a construir un clima inquietante, donde por momentos resulta difícil distinguir entre el recuerdo, la realidad y la pesadilla.

Alpha confirma que Julia Ducournau es una de las voces más personales del cine contemporáneo. Su cine puede resultar desafiante y no siempre busca respuestas sencillas, pero vuelve a demostrar una enorme capacidad para transformar conflictos profundamente humanos en imágenes tan perturbadoras como difíciles de olvidar.



