CRÍTICA: “SILVIA”

UNA OBRA TEATRAL DE NELSON VALENTE

Silvia viaja a Málaga junto con su hijo Jorgito para reencontrarse con su hija mayor y su pareja, varios años más joven. La intención principal es llevar las cenizas de su difunto marido para que su hija pueda despedirse por última vez y,  juntos, esparcirla en familia. Sin embargo el reencuentro no fue el esperado; secretos ocultos salen a la luz, los conflictos se intensifican, y las verdaderas intenciones quedan al descubierto.

La trama está sólidamente construida. Desde el inicio, cuando se encienden las luces y observamos la interacción de la pareja (interpretada por Gabriel Beck y Mayra Homar), se establece con claridad el contexto y la dinámica entre ellos. Ella es muy imperativa y repetitiva: necesita preguntar una y otra vez hasta obtener respuestas y mantener todo en orden, lo que paradójicamente genera más desajustes, Él, en cambio, es impulsivo, impaciente y dominante; busca imponer su voluntad constantemente, con una actitud excesivamente confianzuda que por momentos roza la agresividad.  De todas formas la dinámica genera cierto humor entre ellos pero también una tensión latente.

Ambos esperan con cierta ansiedad la llegada atrasada de Silvia, la madre y Jorgito, el hijo menor, quienes viajan desde Argentina junto con las cenizas del difunto padre. Pero el reencuentro no fue el esperado, las primeras impresiones al hogar, al país, pero en especial al novio no fueron las deseadas. A partir de ese encuentro comienzan a surgir discusiones que exponen viejas heridas, tensiones acumuladas y motivaciones ocultas.

La actuación es el punto más alto de esta obra, cada uno entrega una representación digna de cualquier elogio, desde Mayra Homar, con su personaje insistente y tediosa logra transmitir esa necesidad de urgencia y ansiedad de manera impecable, pero también cuando tiene que expresar sus emociones más íntimas y vulnerables, en especial a lo relacionado con su padre difunto, logra abarcar el espacio de la sala con ese dolor que siente una hija quien perdió alguien importante. 

Luego está Gabriel Beck, un jóven que interpreta a su pareja, más joven que ella. Su necesidad de control genera incomodidad constante en escena, construyendo un personaje hostil y difícil de confiar. Sin duda Gabriel en ese sentido logra hacer un trabajo formidable, desde el primer momento se siente esa necesidad de desconfianza que perdura a lo largo de la obra. 

Después se encuentra Julián Ponce Campos, quien interpreta al hijo menor “Jorgito” (aunque a él no le gusta que lo llamen así). Él tiene una personalidad tímida, callada y retraída, alguien que contiene muchos sentimientos juntos acumulados en su interior, y que está llevando el duelo a su manera. Cuando llega el momento en donde todos esos sentimientos salen a la luz, Julían ofrece una actuación extraordinaria, generando que ese sentimiento se transmita al público. 

Y por último, pero para nada menos importante se encuentra la protagonista cuyo nombre titula la obra, Silvia. Interpretada por Lide Uranga, ella es la razón del desenlace de esta historia, su propósito, su verdaderas intenciones hace que las verdades ocultas salgan a la luz y que el verdadero carácter e identidad de cada uno se revelen. Lide ofrece una actuación tan natural y transparente que emociona a cada espectador. 

La escenografía es interesante, ambientada en el living de una casa, con un sillón en el medio junto con una mesita y dos paredes a los costados que ensamblan la biblioteca y el comedor. Cada lugar que nosotros observamos tiene un significado, un sentido. Todo se utiliza a lo largo de la obra y la cercanía con el público hace que uno se sienta parte de esa casa y de la misma manera, parte de la familia. 

El diseño de iluminación acompaña eficazmente la atmósfera: la oscuridad y el silencio dominan cuando las luces se apagan, mientras que su encendido intensifica el realismo de la escena. El sonido, por su parte, es claro y consistente, permitiendo que cada diálogo llegue con nitidez a todos los espectadores.

En conclusión, “Silvia”  logra construir un retrato íntimo y tenso sobre los vínculos familiares atravesados por el duelo, donde cada personaje expone sus propias heridas y contradicciones. Con una estructura sólida, interpretaciones destacadas y una puesta en escena que potencia la cercanía con el público, el relato consigue conmover y mantener la atención hasta el final, dejando en evidencia que, muchas veces, los lazos más cercanos son también los más complejos. 

 

Deja un comentario

Volver al botón superior