Hot Milk: Crítica

«Lo que más amamos, y lo que más nos ama, es también lo que mejor nos aniquila»
Leila Guerriero, Teoría de la gravedad

El vínculo profundo de co-dependencia entre una madre enferma y su hija veinteañera tiene como escenario el verano en una costa española: calurosa, sofocante, incómoda.

Hot Milk narra la historia de Rose (una magnífica Fiona Shaw), una mujer de sesenta y cuatro años que padece una extraña condición -aparentemente psicosomática- que la mantiene desde hace años en una silla de ruedas; y la de su hija, Sofía (una magnética Emma Mackey), estudiante de antropología, de quien su madre depende por completo. Sofía se ve atrapada entre un cuidado amoroso y gentil hacia su madre y el deseo profundo de liberarse, de entregarse sin culpa a sus impulsos y fantasías.

Madre e hija viajan desde Londres a España en busca de la ayuda de un enigmático doctor, el doctor Gómez, quien podría ser, finalmente, quien cure a Rose.
El film propone un profundo viaje psicológico: explora el vínculo entre una madre manipuladora, que convive con sus propios demonios, y una hija atada a ella, que oscila entre la paciencia y la ira contenida, producto de tantos años de cargar con una madre víctima, punzante.

En este viaje Sofía conocerá a Ingrid (Vicky Krieps), una suerte de diosa alemana: una mujer libre y algo desequilibrada que la impulsará a estallar en sus más profundos deseos, y con quien se verá inmiscuida en un romance revoltoso. Esto hará que, por momentos, pueda escaparse de todo lo que tiene que ver con su madre, aunque luego descubrirá que la atracción ciega que siente por Ingrid responde, en parte, a que ambas (Ingrid y Rose) comparten traumas similares.
«La vida es flexible; podemos cambiarla. Pero siempre es elástica, así que volvemos a lo que nos enseñó la infancia», menciona la protagonista en una línea que condensa con simpleza el conflicto central del film.



Con grandes actuaciones por parte de las protagonistas (Shaw, Mackey, Krieps) Hot Milk, esta ópera prima de Rebecca Lenkiewicz es el retrato del camino hacia la independencia, hacia la liberación personal. Es un cóctel, una descarga intensa sobre los vínculos familiares, lo somático, lo emocional y el deseo. Lo somático se vuelve un lenguaje silencioso y presente en cada acto, en cada proyección que Rose lleva consigo, y en la tensión palpable que Sofía siente en su propio cuerpo. El deseo, por su parte, no es sólo erotismo, sino una pulsión más profunda de liberación y de búsqueda de sí misma, que se filtra en las miradas, en los silencios, y en las pequeñas licencias y rebeldías de la hija. Y si bien la película narra coherentemente esas cuestiones y contiene todos los condimentos necesarios para que le genere al espectador algo -lo genera-, por alguna razón, incluso con un final fatídico, se siente como que le falta algo, se queda apenas a un paso de ser un gran, pero gran acierto.

 

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