Viejos malditos sigue la historia de Elías, un anciano que, tras enviudar, se encuentra con el gusto agrio del duelo y la soledad. En paralelo a esto, el protagonista sufre una racha de mala suerte: problemas económicos y de salud, una casa que se cae a pedazos y una mala relación con su hijo.
Todo esto deviene en una especie de crisis existencialista por parte de Elías, quien, tras haber perdido a su compañera de vida, comienza a experimentar el derrumbe de las rutinas, de la identidad construida en pareja y del sentido cotidiano de existir: el tiempo ya no parece proyectarse hacia el futuro, sino hacia la espera inevitable de la muerte.
Su ya frágil equilibrio irrumpe con la aparición de un gato callejero y desaliñado que comienza a merodear por el barrio. Las constantes peleas nocturnas del animal rompen la aparente calma del lugar y desencadenan una serie de conflictos entre los vecinos, arrastrando a Elías a situaciones cada vez más absurdas y caóticas en medio de la vorágine emocional que atraviesa.

Este curioso animalito funcionará como puntapié para que el protagonista, una figura marcada por la apatía, el cansancio y la sensación de haber quedado fuera del mundo, se cuestione ciertos aspectos de la vida. La compañía de las mascotas por momentos se vuelve un tema casi principal, pero sirve para abordar y sellar otros subtemas importantes en el film, más ligados a la ausencia, el abandono y la memoria.
En un momento parece que toda la trama decae y que va a terminar en un enorme y espantoso cliché, pero el director logra dar un giro que hace que la película cierre perfecto, y que el hecho de que se narre la compañía de un animal como tema sirva para demostrar otros problemas de trasfondo que existen en la vejez y que en el film se muestran con una combinación de acidez y ternura.

Viejos malditos aborda, con humor ácido, drama, momentos de plena ternura y reflexión, una problemática de la que poco se habla: la solemnidad y la soledad que aparecen con la llegada de la vejez.



