El próximo 9 de julio llega a los cines “Dos pianos”, el nuevo y profundamente peculiar melodrama del director Arnaud Desplechin. Coescrito junto a Kamen Velkovsky, el film nos introduce en un terreno conocido: la infidelidad y las crisis existenciales como eje del cine francés, con sus personajes privilegiados, caprichosos y eternamente atormentados. No obstante, lo que prometía ser una sinfonía perfecta sobre la creación musical y los fantasmas del pasado termina convirtiéndose en una melodía dispersa.

Para desentrañar esta propuesta, la trama sigue a Mathias Vogler (François Civil), un renombrado pianista de concierto que, tras una mala racha en Japón y un creciente problema con el alcohol, regresa a Lyon, su ciudad natal. Lo convoca su estricta mentora, Elena Auden (la enorme Charlotte Rampling), para ejecutar un concierto diseñado para dos pianos.
El conflicto estalla de inmediato cuando, al llegar, Mathias se cruza con Claude (Nadia Tereszkiewicz), una antigua amante de hace 13 años. El impacto es tal que el músico se desmaya en el acto, desatando un torbellino de recuerdos que destruye su estabilidad. A partir de ahí, su personalidad cambia por completo: se sumerge en la miseria, se obsesiona con un niño del parque que le recuerda a su propia infancia y sabotea las relaciones con su madre, su novia y su maestra.

Desde este planteo, el film apuesta por una estructura de dos historias paralelas pero, por desgracia, la narrativa le cede casi todo el protagonismo a la menos atractiva. La relación entre Mathias y Elena apenas se esboza, a pesar de que sus escenas tienen una claridad cautivadora. El choque entre las altas expectativas de la mentora y el deseo del pianista por una vida diferente generaba chispas memorables; de hecho, hubiera sido un largometraje independiente con mucha fuerza.
Sin embargo, el director prefiere abandonar este hilo para centrarse en la ruina emocional de su protagonista. Es ahí donde la producción tropieza, ya que los personajes de Desplechin son tan inexplicables en sus decisiones que parecen guiados únicamente por las pulsiones del momento. Viven en un frenesí perpetuo, centrados en su propio ombligo y deleitándose en sus contradicciones. Hablan mucho pero se comunican poco, actuando con una libertad que a menudo roza el esnobismo. Es cine francés en estado puro: destellos de verdad sepultados bajo un mar de banalidad superficial.
Frente a este panorama, cabe preguntarse si realmente vale la pena darle una oportunidad. A pesar de sus lagunas y de que abandona subtramas enteras con demasiada facilidad, Desplechin logra —hasta cierto punto— manejar el caos para evitar que la película se hunda por completo. Con el correr de los minutos, las coincidencias inconexas van encontrando su lugar.
En definitiva, Dos pianos es un melodrama que se enorgullece de serlo; exige que el espectador deje de buscar motivaciones lógicas y se arme de paciencia. Gracias a la audacia de su propuesta y a las excelentes interpretaciones de un reparto magnífico, el resultado es una obra divisiva, pero que sin dudas dará pie a debates muy interesantes después de los créditos.
Estreno en cines: 9 de julio.




