En el marco del estreno de “The Souffleur”, Willem Dafoe, llegará al Malba el próximo 31 de enero para una función especial en la que acompañará la proyección de la película junto a su director, el argentino Gastón Solnicki.
Lejos de una narrativa tradicional, Solnicki, construyó un film con carga nostálgica. El cual funciona gracias a la actuación de William Dafoe.
La película se presenta como una experiencia contemplativa, más interesada en sugerir antes que en conducir al espectador por un camino preestablecido.
Dafoe interpreta a Lucius, director del hotel Intercontinetal, ubicado en Viena. Un hotel europeo atravesado por rutinas, casi rituales, que funciona como un organismo vivo que respira al mismo ritmo que su protagonista. Con planos perfectamente construidos que reflejan una composición exquisita y con escenas que se toman el tiempo real de mostrar las acciones del actor, el director deja en claro que Lucius tiene una conexión central con el lugar y sus trabajadores.

La relación entre el hombre y el espacio es mucho más compleja de lo que se ve en la superficie, es por ello que hay repeticiones cargadas de simbolismos como poner en hora el reloj, observar desde la azotea, renovar el hielo de la pista, reflejando la permanencia, el desgaste, el miedo a la incertidumbre del futuro. Acciones mínimas que sostienen un orden que comienza a resquebrajarse.
No obstante, cuando la continuidad de ese lugar se ve amenazada, no sólo peligra un edificio, sino también una identidad entera. Lucius deberá enfrentar a Facundo Ordoñez, personaje interpretado por el propio Gastón Solnicki, un argentino con gran poder económico que quiere comprar el hotel y renovarlo por completo. Observándose así dos formas opuestas de entender el tiempo, el progreso y el valor de la memoria.

Asimismo, se puede observar una dualidad en el vínculo entre Lucius y su hija. Él encarna la necesidad de dejar un legado, preservar el pasado y comprometerse con las tradiciones. Ella acompaña sus acciones y se apega, pero con una mirada más abierta, dispuesta a absorber lo nuevo, sin aferrarse a nada. Tal vez ese sea su mayor conflicto, ella ni siquiera se aferra a la vida.

Por otro lado, el título de la película funciona como una metáfora precisa. El soufflé, un postre que requiere paciencia y equilibrio. Estos a veces pueden explotar o desarmarse y no elevarse. Ambos casos se ven reflejados en la actuación de Dafoe, por momentos extrovertida y explosiva, y por otros, introperstetiva reflejada en miradas que transmiten verdad y en caminatas en planos secuencia donde las expresiones y la puesta del cuerpo en escena dicen mucho más que los diálogos.
En conclusión, el film posee una gran fotografía, colorimetria y hasta cuenta con contenido de archivo. No obstante, carece de una coherencia y cohesión en su relato, la historia avanza y retrocede, entra y sale de lo que el espectador cree anticipar. El verdadero hilo conductor es William, que con microexpresiones faciales explica mucho más de lo que el guión verbaliza.
Sin embargo, deja espacio para el humor con tono absurdo. Cine de autor en estado puro y con varias autorefrencias tanto de Solnicki, como de Dafoe las cuales se dejan entrever y convergen en, quizás, el momento más icónico: William Dafoe bailando “Pileta de vino” canción de Damas Gratis.




