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“Qué vemos cuando miramos el cielo” de Alexandre Koberizde. Critica.

El gran estreno de enero de MUBI

Mientras contemplaba (verbo utilizado aquí con toda intención) el film “Qué vemos cuando miramos el cielo” (Alexandre Koberizde, 2021, MUBI) pensaba cómo sería hacer toda una película en la que nunca aparecieran las caras de los personajes; únicamente  partes del cuerpo, además de la voz.  Dicho de otra manera (y esto lo sugieren algunos tramos del film en cuestión) pareciera que el cine y el rostro debieran de ir de la mano ya que se necesitan mutuamente.

Los sujetos acéfalos no duran mucho en una película. Seguramente por el hecho de que en la cara están los ojos, además la mirada y crean el campo escópico. No por nada Salvador Dalí en “El perro Andaluz”, atravesaba con una navaja aquel ojo desnudo, impronta de la violencia de la imagen, tan necesaria para atrapar al mutilable espectador.  

Recuerdo el film de Marguerite Duras “India song” donde ella exploraba la realización de escenas en las que la voz de los personajes no coincidía con los movimientos de labios, como un intento de alterar algunas de las constricciones que toda disciplina requiere para desarrollarse. Pero en este caso, estamos ante una extensa película de más de dos horas y media, que además de centrarse en una historia contada por un narrador, al mejor estilo “Las mil y una noches”, se le agregan capas y capas de líneas direcciones que se cruzan y se separan. 
 
Primeramente, el carácter de cuento oriental, plagado de elementos mágicos y sobrenaturales, donde  una mujer y un hombre se ven afectados por una especie de maldición: apenas se conocen van a sufrir una transformación en sus cuerpos, sus caras sobre todo, que los van a convertir en irreconocibles el uno para el otro. El encuentro se convierte en un desencuentro y todo el film es el largo y sinuoso recorrido de ellos y otros que se adosan, en una especie de laberinto, de escondidas involuntarias, de incertidumbres y momentos siniestros y cotidianos. 
 

Un detalle solamente: está muy logrado cuando luego del hechizo (bellamente relatado), uno de ellos piensa que lo que debe de estar sucediendo es que el espejo del baño no debe de estar funcionando, ese que usamos todas las mañanas en esa peculiar ceremonia narcisista y fundamental que resulta mirarse y saberse allí, existiendo, reconociéndose como uno mismo, con su identidad. Como si el espejo fuese equiparable con un aparato eléctrico o un mecanismo eminentemente físico. Los espejos nunca fallan.

Los espejos pueden producir imágenes deformadas o reales, pero eso no los convierte en inseguros. Creemos que sabemos cómo funciona el espejo con respecto a la imagen que vemos del otro lado, pero siempre nos equivocamos a la hora de saber cómo es que realmente funciona el espejo. Ese instrumento humano por excelencia, que no existe en el reino animal o vegetal (no hay espejos en los bosques ni en los mares), fue parte esencial de la construcción de la cámara fotográfica y del cine.

 
Una ciudad (Kutaisi); el fútbol,  que el director admira enormemente y que casi lo sitúa en primer plano (incluso el título es un homenaje a Messi); el espectáculo y el relato encantado; el film dentro del film, es con esas coordenadas que se ensambla una muy bella película que por momentos recuerda a las películas mudas, otros momentos al neo-realismo italiano, o incluso su música es un personaje más y no un fondo de ambiente. 
 
Además, está situada en un tiempo que no es el actual, ya que no existen los smartphones ni las computadoras pero sí se sabe que es el momento en que se está realizando el mundial de fútbol en Georgia (cosa que nunca sucedió). 
 
Hipnótica por momentos, (lamento enormemente no poder verla en un cine), llena de situaciones algo inverosímiles y poco ajustadas a una realidad que es solo de palabras e imágenes (no esperen acción física), se solaza con atrapar al espectador y prometerle que tal vez, cuando concluya la historia, sepamos qué se ve cuando se mira… una película.
M.B.B.  
Critica por: Mario Beteo.
Edición: Francisco Mendes Moas.
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