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“Los años más bellos de una vida” de Claude Lelouch. Crítica

Este jueves 23 de septiembre estrena la película francesa de Lelouch. Definida en tres palabras como luminosa, emotiva y honesta.

Jean-Louis Trintignant, Anouk Aimée y Claude Lelouch vuelven a juntarse para filmar este drama romántico “Los años más bellos de una vida”: una visión honesta y engañosa del paso del tiempo sobre los cuerpos y sobre el planeta.Claude Lelouch es un enamorado de la vida y del cine. Esta es una descripción y no una calificación. Ya en 1966, atrás y hace tiempo, apareció en nuestras vidas con un film que sorprendió a los jóvenes y no tan jóvenes. Haciendo una película con un “nouvelle vague” un poco soft (palabra que no se usaba en esa época), con Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée (en francés, ese apellido también dice ‘amada’), utilizando blanco y negro según su conveniencia discursiva, con una música sumamente pegadiza y moderna de François Lai, un amor a 200kms por hora, un muerto que no ha muerto, en fin, fue un film que le ganó a todo el que se le puso en frente. Se llamaba “Un hombre y una mujer”. Eran años en los cuales los Beatles estaban en su pico, la guerra fría seguía fría, el Che Guevara, Luther King y De Gaulle estaban vivos, las crisis sociales eran infinitamente más leves que las que tenemos ahora. 

Luego, en 1986, Lelouch hizo su película veinte años después con los mismos actores, una continuidad. Pero ahora, cincuenta años (50) después, el director y guionista vuelve a ellos dos y nos ofrece una visión honesta y engañosa del paso del tiempo sobre los cuerpos y sobre el planeta. Es honesta porque no recurre a maquillaje para que Trintignant se vea con un lifting, sino que es un anciano, algo demente, aún pícaro, que soporta sin drama que el espectador lo compare con aquel joven de los ‘60. Aimée, más parecida a sí misma, pero con un andar que no disimula sus años sobre sus huesos, decide volver a ver a su amor Jean Luc a raíz de un pedido del hijo de él. Jean Luc vive en un lujoso geriátrico; Anne tiene una tienda en un pueblito de Normandía. Los años más bellos de la vida son los que aún no hemos vivido, nos enseña Lelouch, sacado de Víctor Hugo. La película va y viene entre imágenes y música del pasado, de 1966 y del presente cuando ella, Anne, se atreve a ir a visitarlo. Jean Luc va a saber que está con alguien que fue su amor, pero no puede fijar ese recuerdo. Lo interesante es cómo Anne, con su sola presencia, el tipo de preguntas que le hace, lo hace hablar a él, le abre las puertas a las habitaciones del placer y de los pequeños goces. “¿Quiere fugarse conmigo?” Esa pregunta pícara del enamoradizo Jean Luc, prende en ella, la hace participar en un juego en la imaginación de él, cómo sería fugarse juntos y en esas circunstancias. Ella por su parte sabe quién es él, pero simula, mantiene una honesta disimulación, amorosa si se quiere, y no retrocede en  acompañarlo en sus fantasías y disparates hacia esa fuga amorosa. Anne en cierto momento hace ese gesto con la mano en el pelo que era tan típico de ella. Él toma ese rasgo, ese detalle para agarrarse de él y emprender esa loca carrera prometida. 

Si hay algo que sobresale en este director, es lo fácil que le resulta realizar una escena sobre una escena, una película dentro de otra película. Aunque a veces como que abusa de ese recurso (un viaje por París a toda velocidad que es excesivamente largo), hace aparecer a una bella Mónica Bellucci en un personaje de ficción en la ficción, vuelven a la habitación del hotel donde el amor comenzó en 1966 (ahora transformado pero sigue el mismo número 26). Siempre coqueteando con los excesos pero nunca aburriendo con ellos (versos hermosos de Verlaine- el homenaje a París- el amor como más fuerte que la vida), nos corresponde hacer un simple homenaje a ese cineasta que sin hacer una revolución, nos recuerda la emoción que se pone en movimiento solamente con imágenes y sonidos. Claude Lelouch hace del cine una fábrica de recuerdos.

Crítica: Mario Betteo

Edición periodística: Andrea Reyes

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