“La misteriosa mirada del flamenco” de Diego Céspedes. Crítica.

Estreno en MUBI.

Desde el viernes se encuentra disponible en MUBI La misteriosa mirada del flamenco, ópera prima de Diego Céspedes. Ganadora del premio a mejor película en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025 y Seleccionada por Chile para representar al país en los Premios Oscar 2026, la película transcurre en un pequeño asentamiento minero del desierto chileno durante los años ochenta. Allí vive Lidia (Tamara Cortés), una niña que forma parte de una comunidad queer marginada por el resto del pueblo, cuyos habitantes están convencidos de que una misteriosa enfermedad a la que llaman “peste” puede transmitirse simplemente a través de la mirada.

Más que una película sobre una epidemia, La misteriosa mirada del flamenco es una película sobre el miedo. El miedo a lo desconocido, a lo diferente y a aquello que una sociedad decide convertir en amenaza. Aunque nunca se menciona directamente, resulta evidente que la historia dialoga con los prejuicios y la desinformación que rodearon al HIV durante aquella época. Céspedes toma ese contexto histórico y lo transforma en una especie de mito popular. Una enfermedad que supuestamente los hombres gay contagian con la mirada. Desde el comienzo, cuando se advierte que no hay que mirarlos a los ojos, la película construye un universo donde el rumor pesa más que la verdad.

Gran parte de la acción transcurre alrededor de un pequeño bar donde un grupo de travestis encuentra refugio y construye una familia alternativa. Allí aparece uno de los aspectos más interesantes de la propuesta. Mientras el exterior está dominado por el rechazo y la superstición, el interior de ese espacio funciona como un lugar de contención. El contraste es permanente. Afuera está el desierto, inmenso, árido y hostil. Adentro hay afecto, humor, discusiones, música y comunidad. Incluso el formato 4:3 elegido por Céspedes refuerza esa idea. El encuadre reduce el espacio visible y genera una sensación de encierro que acompaña a estos personajes, constantemente marginados por quienes los rodean. Pero al mismo tiempo, esa cercanía visual fortalece la sensación de grupo, de comunidad y de refugio que encuentran entre ellos.

También hay algo profundamente almodovariano en la construcción de sus personajes. No solo por la presencia de figuras queer en el centro del relato, sino por la manera en que son retratadas. Céspedes las muestra atravesadas por el melodrama, pero también desde un costado cotidiano, humano y hasta festivo. Hay momentos donde el escenario del bar se convierte en un espacio para el arte, permitiendo que los personajes existan más allá del sufrimiento que les impone el entorno.

Las actuaciones acompañan muy bien esa búsqueda. Tamara Cortés sostiene la película desde la mirada curiosa y obstinada de la pequeña Lidia, mientras que Matías Catalán, Paula Dinamarca, Alexa Quijano y el resto del elenco construyen una comunidad que se siente auténtica y viva.

La misteriosa mirada del flamenco encuentra una forma original de abordar temas complejos sin perder nunca de vista a sus personajes. Entre el mito, el melodrama y la vida cotidiana, Diego Céspedes construye una película sensible, visualmente atractiva y con una identidad muy marcada. Un debut que confirma la aparición de una voz interesante dentro del cine latinoamericano.

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