Siempre es bienvenida una nueva película de Gianni Di Gregorio (“Un feriado particular” 2008, “La sal de la vida” 2011), con solo saber que el film es una obra escrita, dirigida y protagonizada por el artista italiano, el espectador inmediatamente podrá prepararse para disfrutar de una historia encantadora con el foco puesto en la familia, los vínculos, la empatía, la paciencia y el amor.

En esta ocasión, Gianni se pone en la piel de un ex profesor, que vive sus días de forma tranquila y en soledad. Conversando con sus amigos del almacén de barrio mientras bebe su copa de vino blanco o compartiendo momentos con Giovanna (Iaia Forte), una mujer con la que parece tener algo más que una amistad.
No obstante, un día todo cambia para nuestro querido protagonista. Su hija Sofia (Greta Scarano) que vive en Alemania descubre que Helmut (Tom Wlaschiha) su marido la engaña y decide abandonarlo y partir con sus dos hijos a la casa de su padre. Ahora, aquella tranquilidad en la que se veía inmersa el profesor se verá trastocada por la llegada de su familia, quienes cambiarán su rutina diaria de forma absoluta.

De esta manera, “Hagas lo que hagas, está mal” muestra como la rutina y todo aquello que creemos que controlamos, de un día para el otro puede cambiar. La vida, particularmente en la familia como en el amor a veces se escapa de nuestras manos, poniéndonos a prueba frente a ese instante donde quizás solo debemos observar, comprender y aceptar.

Está situación, no será nada sencilla para el profesor acostumbrado a su soledad. Una vida solitaria que Di Gregorio transmite desde su personaje como si fuera un placer único: llegar a su casa, preparar la mesa para el almuerzo en silencio y descorchar un vino para luego relajarse en el sillón y dormirse bañado del rayo de sol que ingresa por la ventana.
Este enorme realizador italiano nacido en Roma, vuelve a capturarnos con un nuevo enfoque minimalista, retratando como nadie las calles, los personajes y los hábitos de su ciudad natal. De tal forma, que hasta por momentos dan ganas de viajar para sentarse en una de esas mesitas en el almacén donde es habitué el protagonista, para tomarse una copa de vino y comer algo. Mediante una narrativa calma y sutil a través de un relato sin apuros, dejando que la historia fluya y cautive por su asombrosa simpleza.




