CRÍTICA: “PINOCHO”

UNA PELÍCULA RUSA DIRIGIDA POR IGOR VOLOSHIN

Uno de los cuentos infantiles más populares vuelve a la pantalla grande de la mano de Igor Voloshin. Esta adaptación se inspira en “Las aventuras de Buratino” de Alekséi Nikoláyevich Tolstói, que ofrece una relectura del texto de Carlo Collodi que desplaza ciertos núcleos narrativos para proponer otros. Bajo esta premisa, el film adopta un doble juego: conserva la arquitectura reconocible del clásico infantil y, al mismo tiempo, introduce variaciones que reconfiguran la experiencia para quienes creen conocerla de memoria. El resultado es una obra que dialoga con la tradición sin quedar subsumida a ella.

“Pinocho” combina el live-action con animaciones que permiten una estética más artesanal. La historia mantiene el deseo de paternidad de Geppetto, aquí interpretado con sobriedad, aunque reemplaza al icónico Pepe Grillo por tres cucarachas que ofician de catalizadores mágicos. Ese pequeño cambio ya anticipa una lógica distinta: la fábula no se apoya en la moral explícita sino en un recorrido más simbólico. La figura de Pinocho, creado por la magia y tallado manualmente por Geppetto, da inicio al eje central de la historia; la búsqueda de pertenencia. A partir de allí, el guión alterna entre escenas que remiten al imaginario clásico y otras que expanden su universo. En ese tránsito emergen figuras como el siniestro Carabás, los niños del teatro y la dupla de estafadores Alice y Basilio, todos ellos reformulaciones de arquetipos conocidos, pero dotados de una identidad propia que los vuelve funcionales a esta nueva versión.

La narrativa se desarrolla de forma dinámica, con un tono artístico y caricaturesco entre los personajes y el ambiente, utilizando escenas musicales como una herramienta para contar. La reconstrucción de época, apoyada en un vestuario detallista y en un maquillaje expresivo, contribuye a consolidar un mundo verosímil. La cinematografía es uno de los puntos más fuertes de este film, en especial para aquellos que opten por verla en pantalla grandes, sin duda esta producción está lograda para eso.

Las actuaciones son correctas, Geppeto (Aleksandr Yatsenko) consigue transmitir ese sentimiento de amor y deseo sobre la paternidad, pero también el miedo de lo que conlleva eso; Malvina (Anastasiya Talyzina), Artemon (Mark Eydelshteyn), Harlequin (Ruzil Minekaev) y Pierrot (Stepan Belozyorov) son las piezas fundamentales para que Pinocho empiece a querer tomar las decisiones importantes de su camino hacia la verdad, mientras que Alice (Viktoriya Isakova) y Basilío (Alexander Petrov) ofrecen ese lado estético, bello y rebelde. 

En definitiva, esta nueva versión de “Pinocho” logra revitalizar un relato clásico a partir de una mirada que equilibra respeto e innovación. La inspiración en “Las aventuras de Buratino” le permite a Igor correrse de los lugares más transitados sin perder el ADN del cuento original. La apuesta estética, que combina live-action y animación, refuerza un universo visual con identidad propia y un tono artesanal. El reemplazo de elementos icónicos por otros más simbólicos evidencia una intención de profundizar en los vínculos antes que en la moraleja explícita. En ese marco, la búsqueda de pertenencia del protagonista se convierte en el verdadero motor emocional del relato. La narrativa dinámica y el componente musical sostienen el ritmo, aunque es en lo visual donde la película alcanza sus momentos más logrados. La reconstrucción de época y la puesta en escena potencian una experiencia pensada para el disfrute en pantalla grande. El elenco cumple con solidez, aportando matices que enriquecen el recorrido del personaje principal. De este modo, la película se consolida como una gran adaptación para que las familias la disfruten.

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