El cine de Pierfrancesco Diliberto, «Pif», siempre se ha caracterizado por una virtud inusual: la capacidad de profanar el drama a través de una ironía melancólica, sin héroes ni amos. En su cuarto largometraje como director, “Que Dios perdone a todos” (basada en su propia novela de 2018), el cineasta nos traslada una vez más a su Palermo natal para regalarnos una comedia brillante, interesante y profundamente humana, que invita a la risa tanto como a la reflexión.

La película arranca con una maravillosa escena inicial que cautiva de inmediato al espectador: dos niños, uno en Italia y otro en Brasil, rezan con fervor para que sus respectivas selecciones avancen en el Mundial de España ’82. Es un prólogo perfecto que establece el tono de la historia y nos presenta las raíces de Arturo (interpretado en su adultez por el propio Pif).
Aquel decisivo encuentro por el pase a semifinales marcaría su definitivo divorcio con la fe: en plena infancia, Arturo experimenta una revelación matemática y teológica al comprender que Dios no puede escuchar a ambos lados, pues en el fútbol solo uno gana. Esta temprana epifanía agnóstica lo convertirá con los años en un agente inmobiliario torpe, cínico y desanimado —un «pinnuluni», como lo llama su jefe— cuyos únicos refugios son el fútbol informal y una devoción casi mística por la repostería, especialmente por los cannoli y las sfogliatelle.
El giro del destino llega cuando Arturo conoce a Flora (Giusy Buscemi), la deslumbrante hija de un famoso pastelero. Flora es una católica ferviente y apasionada de su oficio que lo enamora perdidamente. El problema es que Arturo es ese ateo convencido que no ha pisado una iglesia ni ha rezado desde su infancia. Para no perderla, decide sostener una red de mentiras, recitaciones confusas del Credo y actuaciones absurdas que lo llevan incluso a cargar la cruz en un Vía Crucis.
Sin embargo, el peso de sostener la farsa amenaza con desmoronarse, empujando la historia hacia su núcleo más interesante. Es en este punto de crisis donde la película suma a la trama un aliado improbable: un pontífice deliciosamente terrenal, interpretado de forma excepcional por Carlos Hipólito. El guion nos lleva a recordar al Papa Francisco con mucha emoción y un profundo cariño, retratando a ese “Papa distinto”, cercano y de un enfoque “pop”, que rompió moldes con su calidez.
Más allá de la superficie romántica y del maravilloso despliegue gastronómico —donde la película acierta al usar la textura y los primeros planos para estimular el paladar del espectador (un verdadero holy cannoli)—, el libreto plantea una pregunta incómoda y de gran actualidad: si nos ceñimos absolutamente a la letra de los textos espirituales como la Biblia, ¿se puede realmente funcionar en esta sociedad moderna y corrupta?

Pif explora con naturalidad el choque entre la práctica espiritual (que bien podría ser el catolicismo, el budismo o el islam) y el pragmatismo del mundo contemporáneo. La cinta reflexiona con acierto sobre qué sucede cuando los deseos terrenales y la intervención divina se vuelven difíciles de distinguir, dejando al espectador decidir si lo que Arturo experimenta es un auténtico encuentro con lo divino o simplemente el resultado de un subidón de azúcar desmesurado por su glotonería.
El paso de la novela a la gran pantalla no hace sino reforzar la fuerza de la premisa original. Con un reparto inspirado, donde Pif desborda carisma e inocencia y Buscemi aporta la réplica perfecta desde la pasión y la credibilidad, la película alcanza su punto de mayor complicidad en una entrañable escena donde el Sumo Pontífice expresa su espontáneo deseo de comer una arancina en Palermo.
No obstante, el golpe definitivo de emoción llega durante los créditos finales, donde la aparición real de Francisco transforma la ficción en un hermoso tributo. Este valioso fragmento no solo valida el tono afectuoso de la obra, sino que cierra la función con un broche de oro tierno y sumamente conmovedor. Una película dulce y necesaria que nos recuerda que, a veces, los caminos de la fe, del humor y del amor son igual de misteriosos.
Estreno en cines: 22 de octubre




