Crítica de “El afinador”

El pulso invisible del sonido y el crimen

En una era donde la maquinaria del marketing suele inflar el valor de los grandes tanques comerciales, resulta desalentador ver cómo las propuestas singulares y genuinas deben batallar por un rastro de luz en las salas. Es en este escenario donde este jueves 2 de julio llega a los cines la nueva película escrita y dirigida por Daniel Roher. El film se alza como un destello de originalidad: un thriller criminal y romántico que se destaca por su precisión milimétrica, logrando entrelazar múltiples géneros cinematográficos en un tapiz narrativo de arquitectura impecable.

La historia nos sumerge de inmediato en la partitura rota de Niki White (Leo Woodall), un prodigio cuyo destino como virtuoso del piano se trunca en la infancia tras perder trágicamente la audición. Niki habita un mundo donde los ruidos fuertes lastiman, pero donde los sonidos más tenues revelan una sinfonía oculta gracias a su oído absoluto. Esta hipersensibilidad lo lleva a convertirse en el aprendiz de Harry Horowitz (Dustin Hoffman), un experimentado afinador de pianos que se transforma en su mentor y ancla emocional. Sin embargo, ese mismo don místico lo vuelve el candidato idóneo para el submundo del crimen: su oído es capaz de descifrar los clics invisibles de las cajas fuertes. Al cruzarse con Uri (Lior Raz), un turbio instalador de seguridad, Niki es arrastrado hacia una red mafiosa. La promesa del dinero fácil para resolver una urgencia y deslumbrar a su nuevo amor, Ruthie (Havana Rose Liu), se convierte en una trampa seductora que pronto pondrá en jaque toda su existencia.

El verdadero triunfo de “El afinador” reside en su maestría técnica. El diseño sonoro posee una fuerza tan delicada y sutil que subvierte las leyes del cine: aquí el espectador no es un mero testigo visual; aquí nos volvemos los ojos y, fundamentalmente, los oídos del protagonista. A través de una arquitectura de audio detallada y planos sonoros superpuestos, experimentamos en carne propia el dolor y la belleza del aislamiento acústico de Niki. Es una propuesta que roza la incomodidad física, pero se trata de una agresión estética necesaria para comprender el peso de su condición. Coronada por una fotografía magnética y un montaje rítmico que evoca la tensión febril de Whiplash, la película sincroniza la adrenalina de los atracos con una banda sonora que respira a la par de cada plano.

A pesar de las notables interpretaciones del elenco, hay un espectador silencioso que reclama el verdadero protagonismo de la cinta: el piano. Este instrumento deviene en el espejo del alma de la historia, vistiendo la opulencia en la mansión de un millonario o llorando el desamparo en la frialdad de un hospital. No obstante, la cumbre poética de este simbolismo ocurre en el hogar de Ruthie. La secuencia donde Niki desarma el piano, esparciendo sus piezas sobre el suelo para dejarlas secar, es una metáfora perfecta: mientras las entrañas de la madera quedan expuestas al desnudo, los amantes se descubren mutuamente, despojándose de sus defensas. Es el corazón mismo del film latiendo entre cuerdas y clavijas.

Esta poesía dramática convive con una dirección que elige la urgencia del pulso vertiginoso. Roher no pierde el tiempo en preámbulos densos ni en la sobreexplicación de los entornos; prefiere desnudar la trama para que el ritmo jamás decaiga, edificando la tensión minuto a minuto. Sin embargo, esta velocidad —tan propia de la ansiedad contemporánea— es un arma de doble filo. En los pasajes donde los personajes se quiebran emocionalmente, la prisa atenta contra la catarsis, impidiendo que el espectador termine de asimilar el peso de la tristeza o el motor de la redención. Quienes añoramos un cine más contemplativo extrañamos el aire para respirar el drama, aunque es innegable que esta estructura directa esquiva cualquier peligro de estancamiento.

En definitiva, “El afinador” se mimetiza con discreción dentro del cine de atracos, pero decide reemplazar las balas y las persecuciones de autos por la sutileza del corazón, el encanto y la tensión psicológica. Convirtiendo el oído absoluto en un arma criminal de alta fidelidad, Roher obsequia una obra conmovedora, bellamente ejecutada y de una solidez técnica impecable que exige, sin miramientos, ser escuchada en la pantalla grande.

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