Crítica | “Drácula II: Resurrección”

Treinta y cinco años después de haber revolucionado el teatro musical argentino con Drácula: el musical, Pepe Cibrián Campoy vuelve al universo del conde con Drácula II: Resurrección.

La secuela plantea una historia atravesada por el amor eterno, la atracción, la redención y el peso del pasado. Sin embargo, el relato no siempre logra desarrollarse con claridad. El libreto presenta ideas interesantes, pero algunos cuadros parecen extender la duración más de lo necesario.

El quinteto protagónico integrado por Diego Duarte Conde, Antonela Cirillo, Melina Kantor, Heidy Viciedo y Michel Hersch sostiene el espectáculo con profesionalismo, presencia escénica y gran nivel vocal. Las voces tienen potencia, técnica expresividad y proyección, lo cual ‘choca’ con el audio en términos técnicos.

No obstante, dicho nivel vocal, en una producción sin orquesta en vivo, ese rendimiento adquiere todavía más valor.
Es importante destacar que el elenco está integrado por un ensamble de 23 bailarines y cantantes, más los cinco protagonistas. Y si bien todos destacan, Melina Kantor es sin dudas la actriz con la cual más se empatiza y quien hace un despliegue muy bueno de canto, interpretación, actuación y baile.

Las coreografías acompañan correctamente el conjunto y construyen un relato visual coherente. Hay una decisión interesante de cerrar la obra retomando elementos del comienzo, generando una sensación de circularidad que ayuda a darle unidad a la propuesta.

En cuanto al despliegue visual es tal vez un gran desacierto. Ya que, en la pantalla se utilizan videos y fotos para funcionar como escenografía. Lo cual no queda visualmente bien, porque denotan que fueron realizadas con inteligencia artificial.

La obra ofrece un elenco sólido, momentos de gran intensidad musical y un despliegue vocal que merece ser escuchado. Quienes busquen una experiencia centrada en grandes voces, climas “operísticos” y la tradición del musical encontrarán motivos para acercarse. Tal vez la resurrección no sea como dimensión mítica del original, pero sí deja en claro que el escenario sigue siendo un territorio donde las voces pueden imponerse incluso sobre las debilidades del relato.

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