Crítica de “Canelones”

El triunfo de la oralidad literaria transmutada en un atrapante thriller cómico

Tras casi cuatro décadas de la anécdota real que le dio origen en la ciudad de Mercedes de los años 80, y luego de un proceso de producción independiente de tres años y medio, “Canelones” llega a las salas de cine este jueves 6 de agosto. El largometraje, dirigido en dupla por Christian «Chiri» Basilis y Ana Gussoni, representa un hito de fuerte arraigo local y comunitario. Basada en el reconocido cuento de Hernán Casciari, la película se planta en la cartelera como una propuesta poco convencional que fusiona con maestría el thriller nocturno, la comedia negra y los códigos de la buddy movie. El resultado es una obra divertida, inteligente y muy efectiva, que dialoga de igual a igual con el público.

Esta atractiva premisa arranca en el pasado, con un Hernán Casciari de 17 años haciendo bromas telefónicas junto a Chiri, su amigo inseparable de la adolescencia. Tras un corte seco y preciso, la narrativa nos traslada al presente para ver de espaldas al Casciari adulto en un teatro, leyendo ante la audiencia ese mismo cuento cuyas imágenes juveniles acabamos de presenciar. La historia en cuestión aborda una broma telefónica a una anciana depresiva, simulando ser su hijo Daniel que regresa al pueblo tras años de ausencia. El juego de sostener la llamada para estirar la risa termina provocando que la mujer prepare con ilusión unos canelones que nunca se comerán.

De este modo, lo que comienza como un chiste desde un antiguo teléfono fijo se deforma, casi tres décadas después, en una amenaza desde un celular. Esto ocurre porque alguien en el teatro escucha el relato en busca de venganza, cambiando la ecuación por completo. Aquella vieja broma muta en una cacería actual donde el verdadero Daniel busca vengarse de Casciari, pero de una forma mucho más peligrosa: interceptando a su madre en un bingo de la ciudad para trasladarla bajo engaños a su propia casa, convirtiendo el hogar del villano en el epicentro de una trampa inminente. A partir de esta sólida introducción, el film establece un juego de espejos temporal y mantiene al espectador atrapado hasta el desenlace final.

A raíz de este conflicto, la trama plantea un dilema magnético sobre si estamos ante una comedia que se deforma en thriller, o un thriller que se descompone por el humor. La dirección de Basilis y Gussoni camina con soltura en ese delicado equilibrio donde la desgracia ajena genera incomodidad y carcajadas al mismo tiempo. Incluso cuando el libreto roza lo inverosímil, el espectador entiende rápidamente que esto no es un fallo, sino parte de la propuesta lúdica y de la broma general.

Para sostener este tono, la película se destaca técnicamente por su notable escalada dramática. Este crescendo narrativo se apoya de forma orgánica en una dirección de fotografía donde la paleta cromática se satura progresivamente. Asimismo, los encuadres se cierran hacia planos detalle y primeros planos claustrofóbicos a medida que los personajes pierden el control de la situación.

A esto se suma un montaje rítmico que no se detiene, remarcando la urgencia de un relato que transcurre en una sola noche. Sin embargo, este ritmo vertiginoso se apoya en precisos recursos de humor situacional. El film utiliza la inteligencia escénica como el alivio necesario para descomprimir la tensión dramática que propone la historia.

En sintonía con este despliegue técnico, el diseño de personajes y las interpretaciones se convierten en el verdadero motor del film. Uno de los mayores desafíos de adaptar a Casciari es que el lector ya tiene creados a estos personajes en su mente; sin embargo, aquí la película les otorga cuerpo y voz sin que el cuento pierda una pizca de su fuerza original.

En ese sentido, el personaje de Hernán Casciari (Darío Barassi) está extraordinario, un papel que le calza a la perfección, al igual que el de su amigo Chiri (Agustín Aristarán). Ambos manejan una química única en pantalla, exudando esos códigos rioplatenses típicos de quienes se conocen desde la infancia y se comunican a través de gestos compartidos.

Como contrapunto dramático, Chichita (Verónica Llinás), la madre de Casciari, brilla por completo. La actriz aporta el retrato perfecto de la madre argentina que reclama y deposita culpa en cada conversación, dotando al personaje de una entrañable vulnerabilidad frente al peligro en el que se encuentra. Por otro lado, el villano Daniel (César Bordón) compone un antagonista monumental, misterioso y manipulador, que imprime un miedo real y hace que el espectador se pregunte qué tan lejos llegará su maldad.

Lo magistral de la dirección de actores es que los intérpretes jamás caen en la caricatura, manteniéndose humanos, creíbles y orgánicos en medio del absurdo extremo. Gracias a esta solidez, el film logra hacer coexistir la ironía dramática —donde el público maneja más información que los protagonistas— con una violencia filmada de forma seca y realista. Esta crudeza se contrasta sutilmente con la actitud ingenua o patética del villano cuando la situación finalmente lo supera.

En consecuencia, “Canelones” ofrece una experiencia fascinante en la que la risa se mezcla con dosis precisas de acción y suspenso. Todo esto se logra sin dejar nunca de lado el estilo fuertemente autorreferencial, cotidiano, oral y empático que caracteriza la obra del escritor mercedino.

En conclusión, la dirección de esta dupla logra capturar la esencia literaria original sin perder un ápice de dinamismo puramente cinematográfico. Todo en la puesta en escena está diseñado para que los personajes se muevan dentro de la historia como si habitaran las páginas de un libro. La producción convierte con éxito una anécdota doméstica y una crisis personal en un relato atrapante, directo y lleno de empatía. Estamos ante una excelente realización y una comedia inteligente que se mantiene activa y cautiva al público hasta un desenlace que se puede sospechar, pero jamás asegurar. Absolutamente recomendable.

Deja un comentario

Volver al botón superior