Crítica de “Los domingos”

El milagro del silencio frente al colapso de una familia rota

Hay decisiones que no se toman con la cabeza; se toman con el cuerpo, con la sangre y con el espíritu. Y hay películas que no se miran; se padecen y se sienten en la piel. “Los domingos”, la magistral nueva obra de la guionista y directora española Alauda Ruiz de Azúa —que se estrena en cines este próximo jueves 30 de julio—, es precisamente eso: una disección descarnada, dolorosa y profundamente humana sobre las fronteras de la libertad individual y las cadenas del amor familiar.

El relato se construye a partir de un ritual cotidiano: cada semana, esta familia se reúne en casa de la abuela para ponerse al día. Pero olvídense del idilio tradicional; aquí la rutina se transforma en el reverso oscuro y punzante de la convivencia. Es en ese escenario de aparente normalidad donde estalla el conflicto: mientras el entorno espera que Ainara (Blanca Soroa), una joven de 17 años en la España actual, solicite plaza universitaria, haga planes de futuro o disfrute de su juventud, ella decide dar el “sí, quiero” a Jesucristo. Su elección es la más radical, controvertida e incomprendida de nuestro tiempo: convertirse en monja de clausura.

Para sumergirnos en semejante encrucijada, que en manos de cualquiera habría caído en el terreno de lo escabroso o el juicio fácil, Ruiz de Azúa realiza un ejercicio de equilibrio y delicadeza cinematográfica apabullante. Desde el primer minuto, la puesta en escena nos arrastra al laberinto mental de la protagonista gracias a un recurso técnico magistral: su banda sonora. La música litúrgica la persigue y nos persigue; no importa si Ainara está en la intimidad de su casa, en la iglesia o en medio del ruido ensordecedor de un boliche. Esa música es su refugio y su condena, una fuerza invisible que nos obliga a sintonizar con su llamada interna.

Esta estimulación sensorial encuentra su anclaje perfecto en el trabajo deslumbrante de Blanca Soroa. Su interpretación es pura combustión lenta. Con una mirada perdida que esconde un universo entero, Soroa dibuja a una adolescente que pasa de la convicción mística a la turbación más absoluta. Su cuerpo se convierte en el campo de batalla de un dilema moral devastador: el choque entre su vocación genuina y el peso de las opiniones de quienes más la aman.

A partir de este quiebre individual, la película expande su onda expansiva y evita tomar partido; se sitúa de forma eficaz y sutil en el centro de un debate donde todas las partes sangran por razones válidas. El guion expone con un realismo sucio y asfixiante las dos caras de la moneda: por un lado, la urgencia trascendental de la joven que busca un propósito en el vacío y el recogimiento; por el otro, el colapso de una familia rota.

El verdadero núcleo del relato habita en las conversaciones privadas, filmadas con un pulso y una cercanía que cortan la respiración. La tía Maite, interpretada con una rabia visceral por la destacada Patricia López Arnaiz, contrasta con la magnética actuación de Juan Minujín, quien añade complejidad a un entorno familiar atrapado en reproches e incomprensión. En el extremo opuesto, el padre (Miguel Garcés) se sumerge en una apatía irritante, ahogado por las deudas y el desinterés. Es una familia unida por la crisis, el miedo al aislamiento y la frustración de ver sus expectativas pisoteadas.

Bajo esta atmósfera de constante fricción, el pulso firme de Ruiz de Azúa nos mantiene atrapados en un suspenso que intriga y emociona. ¿Es Ainara una víctima de un lavado de cerebro en un momento vulnerable? ¿O es la única persona sensata y pura en una familia de egoístas? ¿Acaso ese deseo de encierro no es más que el grito desesperado de una niña que necesita encontrar a alguien que la ame de verdad, aunque ese alguien sea “el de arriba”?

Frente a estos interrogantes, el verdadero acierto de “Los domingos” es que no juzga la fe, sino el tiempo y la libertad. Cuestiona los límites del afecto: ¿hasta qué punto podemos opinar sobre la vida de los demás antes de que decidan dejar de escucharnos? ¿Quiénes somos para dictar dónde reside la felicidad ajena cuando va en contra de nuestros ideales?

En definitiva, combinando una pureza visual bellísima que contrasta con la tempestad de sus debates, un ritmo perfecto y actuaciones sublimes, “Los domingos” lo tiene absolutamente todo. Es una obra acabada, creíble y perturbadora que te arrastra a su frecuencia. Una película imprescindible para ver, escuchar e irse a casa pensando. Salirse indiferente de la sala de cine no es una opción.

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