Un hombre y su hijo pequeño llegan a una fiesta electrónica en el desierto de Marruecos en busca de una hija desaparecida. No hay pistas ni rastros de ella pero con la ayuda de un grupo de personas iniciaran un viaje hacia otra rave más importante donde podrían tener más suerte. Con esa premisa inicial comienza una búsqueda con más dudas que certezas.

Oliver Laxe presenta una historia donde los escenarios naturales y los personajes que lo habitan son más importantes que el conflicto que los moviliza. Esa captura de lo real es la verdadera intención de un director que ya dio muestras de esto en películas anteriores como Lo que arde, donde también había un elemento de misterio más tradicional, en ese caso un pirómano suelto en un bosque y el temor de los habitantes de la zona. Aquí es una desaparición que podría llevar la historia hacia la acción, la venganza y la persecución una red de trata, pero Laxe enfoca la película en esos personajes y su tránsito. El director introduce herramientas de la ficción para transformar una búsqueda documental.

El concepto de Sirat en el mundo islámico hace referencia a un sendero que las almas deben cruzar antes de llegar al paraíso. Es por eso que el personaje principal encarnado por Sergi Lopez es sometido a un infierno de dolor, pérdidas e incertidumbre. Un rol demandante que el gran actor español trabaja desde la incomprensión de todos los eventos que le suceden y la resignación a todo el calvario que le toca atravesar. Un protagonista perdido que a medida que avanza va quedando con menos cosas por perder. El reparto de actores secundarios es de lo más ecléctico y fascinante que se pueda imaginar, todos aportan realismo y excentricidades y en ese aspecto la película parece conectar con el cine de Harmony Korine. Pero sin lugar a dudas lo que hace trascender a Sirat es la fuerza de sus imágenes con un gran trabajo de fotografía de Mauro Herce y la música hipnótica e inmersiva a cargo de Kangding Ray.

Sirat es una experiencia visual y sensorial única. Toda una revelación que apuesta a alejarse de todo el cine que se estrena en la actualidad. Laxe nunca intenta contar una historia sino sumergir al espectador en un trance difícil de ignorar.




