Con lo fácil que es caer en, esta mini serie no aborda ningún cliché: no hay un amor imposible, ni príncipes azules, ni un amor que todo lo puede, ni villanos que impiden el transcurso del romance en esta historia. Se trata meramente de dos personas que se enamoran y como cualquier otra pareja sufren aciertos y desaciertos. El retrato de la pasión más intensa, el desgaste por la rutina, los desacuerdos, lo cotidiano, los puntos más altos y los desencuentros a lo largo de diez años. Si hay algo de lo que puede pecar de más la industria audiovisual es en contar historias de amor, claro. Pero Los años nuevos tiene algo distintivo: Rodrigo Sorogoyen su creador no apela a abordar clichés extremos para lograr contar esta historia, por lo contrario, aborda lo cotidiano con suma precisión. Y eso, hace que se sienta honesta, real.

En diez capítulos que siempre están enfocados en la noche previa y la noche luego de año nuevo a lo largo de diez años, se condensa una atmósfera genuina, cercana en donde se exploran situaciones rutinarias que son atravesadas por el amor: desde ir a una fiesta juntos a una cena familiar, el sexo, las charlas, ese pequeño lenguaje de entendimiento que sólo le pertenece a quienes están enamorados, el paso del tiempo, el trabajo, los viajes. La serie se centra en esas pequeñas cosas que hacen a la pareja, sin dejar de lado una minuciosa construcción de los personajes, a quienes queremos como si fueran amigos nuestros: una volátil e indecisa periodista llamada Ana y un obsesivo y desconfiado -pero tierno- médico llamado Óscar. El desarrollo de ambos es muy importante para que, no solo podamos empatizar con sus puntos de vista (en Los años nuevos no hay “un bueno y un malo”) si no que también, entendamos el por qué de sus decisiones. Todo está milimétricamente planeado por Sorogoyen y lo más importante es que lo que tiene que llegar, lo profundo, impacta al espectador como lo tiene que impactar.
La frutilla del postre para que todo termine de cerrar es la química que tienen los protagonistas (Iria del Rio, Francesco Carril) no sólo para las escenas íntimas (desde Normal People que no se veía una escena de sexo tan real y honesta en la pantalla chica) sino para las escenas drásticas: las peleas, los desencuentros, el duelo.

Entonces, ¿Por qué tanto hype? ¿Por qué nos gustó tanto?
Al fin y al cabo, la serie está conectada con los vínculos de forma realista, no maquilla ni engrandece el amor pero no deja de mostrar la ternura, el esfuerzo y la cotidianidad que requiere la pareja.
Muestra con quien si, con quien no, con quien siempre y con quien nunca más. Que hay vínculos que trascienden las formas y que el amor y el cariño permanecen, aunque en transformación constante.
Es tierna, detallada, romántica pero no cursi. Las decisiones que toman y como las afrontan a lo largo de los años los protagonistas son congruentes con la forma en la que se profundizan sus personalidades y las actuaciones son dignas, contribuyen, están a la altura.


