Estrena en cines La infiltrada: un thriller de tensión basado en una historia real

 

La infiltrada es una de esas películas que irrumpen sin pedir permiso y se quedan resonando. No es un film amable ni busca serlo: es una experiencia tensa, áspera. La directora Arantxa Echevarría se mete de lleno en la historia real de Elena Tejada (convertida aquí en Aranzazu) interpretada por Carolina Yuste, performance que  le valió un premio Goya,  y narra las vivencias de la única mujer que logró infiltrarse durante años en ETA en pleno auge del conflicto vasco. Lo que podría haber sido un relato heroico clásico se transforma en un thriller psicológico oscuro, que incomoda y obliga a repensar cuestiones del pasado.

El film sigue a Aranzazu convirtiéndose en otra, adoptando una identidad falsa para convivir durante más de siete años con figuras clave del Comando Donosti. La tensión es constante: cada gesto puede costarle la vida, cada silencio pesa y cala en lo más hondo.
La película elige ese registro sombrío, íntimo, sin subrayados ideológicos innecesarios, aunque nunca abandona su potencia política.

Hay además algo decisivo en cómo se aborda la cuestión de género. La infiltrada no solo expone la brutalidad del terrorismo, sino también la violencia más cotidiana del sistema patriarcal que rodea a Aranzazu. La protagonista debe sobrevivir a la desconfianza de los etarras, sí, pero también al paternalismo de sus colegas, al menosprecio, a la infantilización permanente.

La estética acompaña ese clima opresivo: la fotografía fría, las locaciones estrechas y la música inquietante construyen un entorno donde parece no haber aire suficiente. El País Vasco de los ’90 se retrata como un territorio donde conviven miedo, convicción y fanatismo; un contexto donde la violencia era parte del paisaje. Los personajes que rodean a Aranzazu, no son caricaturas de villanos, sino cuerpos atravesados por una ideología que los desfigura moralmente.

Es particularmente valioso que el cine se anime a revisitar estas historias sin caer en simplificaciones. La infiltrada no pretende cerrar debates ni ofrecer respuestas fáciles; se limita a mostrar, con crudeza, lo que significó atravesar esa época desde adentro. Que una película así funcione habla de un público dispuesto a enfrentarse con su memoria colectiva, pero también de la necesidad de escuchar voces y experiencias que históricamente  quedaron en segundo plano.

La película trabaja el silencio. Es dura de ver, pero necesaria. Un thriller sólido, un drama humano y una reflexión sobre género que se entrelazan sin perder ritmo ni intensidad.

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