Jay (Romain Duris) es un francés que recorre diariamente las calles de Tokio en su taxi, un trabajo que ha conseguido con la idea de reencontrarse con su hija Lily. La niña tenía tan solo tres años cuando su madre, Keiko, lo dejó y se marchó con ella. Han pasado nueve años desde entonces y Jay, no la ha vuelto a ver. Una situación compleja teniendo en cuenta que la ley japonesa otorga la custodia exclusiva al progenitor con quien la pequeña resida durante la separación.

Desde los primeros minutos Romain Duris impresiona no solo por su enorme interpretación sino también por su convincente dominio del japonés. Un elemento fundamental, teniendo en cuenta que el protagonista de la trama, sabemos, ha vivido durante mucho tiempo en Japón. Lo observamos totalmente habituado a la ciudad, hasta incluso en un momento da indicaciones a un compañero de como llegar a un sitio. Jay es una especie de guía tanto para el espectador, como para algunos de sus amigos allí, aconsejando a otras personas que sufren el mismo trauma.
El director del film, el belga Guillaume Senez, no indaga ni profundiza en el pasado de los personajes, solo expone hechos de sus vidas de forma superficial para entender el presente, pero sin ánimo de juzgar a ninguno de ellos. Conocemos lo necesario para entender sus historias en la actualidad. Esto hace que la trama tenga un desarrollo dinámico conmoviendo y emocionando de manera directa. Sin necesidad de detenerse a explicar detalladamente quién es quién en esta Historia, manifestándose con imágenes que hablan por sí solas evitando diálogos que podrían tornar lenta su narrativa.

Jay conduce un taxi, quizás lo único que en el presente de su vida puede conducir. Todo parece resumirse en ese coche que maneja con una calma que en su interior hoy no puede tener. Su espejo retrovisor son sus ojos con los que solo puede ver hacia atrás y en el que cuelga un peluche que recuerda a su hija. Tiene amigos y gente que lo acompaña en sus momentos tristes, pero igualmente se siente solo, esa tristeza que reluce su rostro solo cambia cuando consigue, a pesar de todo, ver a Lily.

“Un amor incompleto” es un relato inteligente que no busca señalar a buenos y malos, sino más bien ponerse en la piel de estos para entenderlos y contemplarlos en sus distintas situaciones de vida. Un drama íntimo que aumenta la tensión con el correr de los minutos, mediante una interpretación magistral del talentoso actor francés Duris, entre miradas y silencios que lo dicen todo. Además de un gran trabajo de dirección y fotografía que reflejan una ciudad fría convertida en una prisión, junto a paisajes que por momentos otorgan algo calidez.




