Ambientada en 1986, la película se inspira en el caso real de la familia Smurl, quienes afirmaron haber sufrido una serie de perturbadoras experiencias paranormales en su casa de Pensilvania. Todo comienza cuando la hija mayor recibe como regalo un viejo espejo, objeto que pronto desata sucesos cada vez más violentos: techos que se derrumban, visiones espeluznantes, ataques físicos y una presencia que parece imposible de erradicar. En paralelo, los Warren —ya retirados de los casos más complejos por la delicada salud de Ed— atraviesan sus propios dilemas familiares, hasta que ambos caminos finalmente convergen.

Entre el pasado y un cierre irregular
Si la primera El Conjuro (2013) logró convertirse en un clásico instantáneo fue porque James Wan entendió que el miedo debía sentirse real: la puesta en escena y la manera de filmar hacían que lo sobrenatural resultara casi tangible. Ese pulso, apoyado además en la química genuina entre Patrick Wilson y Vera Farmiga, cimentó una franquicia que supo balancear emoción, terror y humanidad.
En Últimos Ritos, Michael Chaves (El Diablo me obligo hacerlo) se vuelve a poner en la dirección e intenta recuperar algo de ese espíritu. Y en varios pasajes lo consigue y bien dosificado. La película también ofrece un par de momentos potentes que funcionan como recordatorio de las anteriores entregas y su universo pero esta lejos, muy lejos de las dos primeras entregas.
Esa energía inicial se diluye con el correr del metraje. La decisión de mantener a los Warren ausentes durante buena parte del relato termina pesando en el ritmo y genera la sensación de estar viendo dos películas paralelas: por un lado, el sufrimiento de los Smurl; por el otro, la vida familiar de Ed, Lorraine y su hija Judy. Cuando ambos hilos se cruzan, la tensión ya perdió fuerza y cuesta recuperar el impacto prometido.

El peso de los Warren y los efectos digitales
La relación de Ed y Lorraine siempre fue el corazón de la saga. Wilson y Farmiga vuelven a estar a la altura, mostrando a una pareja entrañable que mezcla vulnerabilidad, convicción y cariño mutuo. Incluso en escenas ligeras, su química logra sostener al film. También se agradece que la subtrama de Judy (Mia Tomlinson) incorpore una mirada fresca, con aciertos visuales en el uso de espejos y espacios cerrados.
El problema es que, en esta entrega, los Warren llegan demasiado tarde al verdadero caso. Y cuando lo hacen, acaparan tanto protagonismo que relegan al resto del elenco. A eso se suma que el antagonista —ligado al espejo— carece de la contundencia o personalidad de otras presencias memorables de la saga, funcionando más como un dispositivo narrativo que como una amenaza con peso propio.
Por momentos también se siente el exceso de efectos digitales en detrimento de la puesta física que caracterizó a Wan en las primeras entregas. El terror aquí tiende más al golpe de impacto y al artificio que a la construcción atmosférica pura. No es un desliz fatal, pero sí un recordatorio de cuánto se extraña el estilo más artesanal que distinguía a la franquicia.

Comparación inevitable
El mayor contraste se da con El Conjuro 3: El Diablo me obligó a hacerlo, una película que ya había sido cuestionada por lo forzado de su guion y por un villano genérico que parecía sacado de otra producción. Frente a eso, Últimos Ritos es un paso adelante: Chaves mejora en el manejo de la tensión y entrega algunas secuencias genuinamente efectivas. Pero al mismo tiempo, tropieza en darle a este “último caso” de los Warren el peso y la solidez que ameritaba un cierre.

En Conclusión
El Conjuro: Últimos Ritos ofrece buenos momentos de terror, algunos recursos visuales creativos y la siempre confiable dupla de Wilson y Farmiga. Pero como cierre de la saga principal, resulta insuficiente: le falta cohesión, su “antagonista” carece de fuerza, y su estructura dispersa no consigue darle a los Warren un último caso tan monumental como se insinuaba en la campaña promocional.
La franquicia seguramente continuará de una u otra forma, pero el adiós de los Warren merecía más fuerza, irse con bombos y platillos. Lo que queda es un film con destellos interesantes y más sólido que su antecesor inmediato, aunque todavía lejos de replicar aquella mezcla de autenticidad y terror que James Wan imprimió en sus orígenes.
Dicho esto, para los seguidores más acérrimos de la saga, Últimos Ritos puede sentirse como un final digno: no deslumbra ni innova, pero cumple, capaz de cerrar un ciclo con respeto a sus personajes principales y con algunos sustos que justifican la despedida.




