El director Manuel Gómez Pereira estrena en Argentina “La cena”, una comedia negra magistral que desarma la solemnidad histórica. A través de la sátira, el ritmo tarantinesco y la herencia del mejor cine de Luis García Berlanga, la película se convierte desde sus primeros minutos en una de las grandes sorpresas del año. Basada en la obra teatral de José Luis Alonso de Santos, la propuesta nos invita a un banquete construido sobre las ruinas de una nación.

Es el año 1939 y el bando de Franco acaba de ganar la guerra. En este contexto de destrucción, mientras la dictadura da sus primeros pasos, el teniente Medina (Mario Casas) recibe una misión tan improbable como caótica: organizar una cena de honor para el dictador en el lujoso Palace Hotel de Madrid. El gran obstáculo es que el lugar ha sido reconvertido en hospital y está a cargo de Genaro (Alberto San Juan), el conserje del establecimiento. La película sintetiza su tesis de manera brillante en la primera tarea que deben acometer: evacuar a los enfermos y heridos del salón principal para poder armar las mesas. Es una excelente metáfora de lo que verdaderamente significa un triunfo militar.
A partir de allí, el relato se centra en los preparativos de la celebración. Hacer humor con un trasfondo tan horroroso requiere un equilibrio milimétrico que Gómez Pereira consigue apoyándose en la tradición del esperpento berlanguiano. La comedia nace del contraste absurdo entre la pomposidad exigida por los militares fascistas y las dinámicas desesperadas de la cocina, donde incluso deben liberar a cocineros presos republicanos para cumplir con el exigente menú. Sin embargo, el peligro de muerte sigue latente. Esta tensión genera una risa agridulce que nunca trivializa el dolor de las víctimas, sino que utiliza el sainete para desnudar las miserias, el miedo y el sinsentido del régimen naciente.

Esta atmósfera se potencia gracias a un ritmo frenético que evoca al cine de Quentin Tarantino, aunque desde una vereda opuesta. Si el director norteamericano suele reescribir la historia a través de una catarsis de venganza sangrienta, la propuesta de Gómez Pereira elige un camino diferente: aquí no hay revanchas violentas, sino un caos coral y disparatado. Cocineros que intentan fugarse, camareros fascistas y el general Alonso (Asier Etxandia) —un villano despiadado que encarna el extremismo más puro— conviven en una noche salvaje. El motor de la historia funciona gracias a las soberbias actuaciones de su dúo protagónico. El choque entre Medina, un militar sin gran jerarquía, y Genaro, un civil pragmático que se define “de derechas” solo para conservar su empleo, desmantela los fanatismos. Forzados a tomar partido ante la crueldad, estos hombres comunes terminan encarnando conceptos profundos como la banalidad del mal.

Acompañada por una evocadora banda sonora de Anne-Sophie Versnaeyen y la colorida cinematografía de Aitor Mantxola, la propuesta no pretende ser un tratado histórico riguroso, pero juega sin miedo con las reglas de la época. Se percibe un deseo consciente de esquivar la autocensura al utilizar expresiones incómodas con absoluta seguridad. Es precisamente esa falta de timidez lo que logra que la carcajada inicial deje paso a una profunda reflexión sobre la memoria histórica. Al final, nos queda una sensación inquietante: la de imaginarse a uno mismo en un contexto donde el lenguaje era una trampa mortal y el silencio, la única estrategia de supervivencia. En definitiva, “La cena” se consolida como una verdadera joya cinematográfica que combina hábilmente la herida de la guerra con la catarsis del entretenimiento.




