“Shiva Baby” de Emma Seligman. Crítica

El psicoanalista cinéfilo, Mario Betteo, analiza esta película deconstruyendo la intencionalidad de su directora, comenzando por el título del film.

Un film no muy extenso con conversaciones llenas de lugares comunes, pero si hay un rasgo que caracteriza y la hace recomendable a esta comedia de enredos y desenredos, es que de lo que se trata es saber quién tiene el poder. La película está disponible en la plataforma Mubi.

Fräulein MagazinInterview with director Emma Seligman of Coming-of-Age  Comedy 'Shiva Baby' - Fräulein Magazin

Uno de los momentos más seductores de la filmografía de Marilyn Monroe es cuando canta la canción de Cole Porter “My heart belongs to Daddy” en el film “Let’s make love” (1960); en la cual ella, Lolita, da a entender que aunque se vea con algunos muchachos, su corazón le pertenece a Daddy, o sea, a un acaudalado periodista bastante mayor que ella. Daddy también es una manera de llamar a un papá, un papi. Pero Daddy es lo que se conoce como un “sugar Daddy”, una de las partes de la transacción económica que se realiza entre un solvente hombre mayor y una joven que, necesitando algún tipo de asistencia financiera, acude a él para brindarle compañía o experiencias sexuales. “Sugar” es un eufemismo para referirse al dinero. Una ‘sugar baby’, es entonces una joven que de esa manera financia su vida. 

Todo lo anterior viene a propósito de describir el juego de palabras del título de este film de Emma Seligman presentado en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, de Toronto y de Barcelona en 2020. “Shiva Baby” juega con esa tensión equívoca entre “sugar”“Shiva”.  ‘Shiva’ es el nombre que la comunidad judía le da a los siete días de luto estricto que deben realizar los familiares del muerto, en el que se cubren los espejos de la casa, se abren las puertas para que otros familiares y conocidos se acerquen a ofrecer soporte espiritual, para comer y departir un momento social intenso y variado. 

A Danielle (Rachel Senott) la conocemos en la primera escena gozando sexualmente con un hombre algo mayor que ella, quien le da un dinero y un regalo que tomó de la mesa, antes de irse. Porque será en esa circunstancia que se entera que debe de asistir con sus padres al ‘shiva’ de una pariente recientemente fallecida. En la casa de la fallecida es que se desarrollará todo el film, que empieza a tomar su color cuando nos vamos enterando de la vida y costumbre de esa gran familia y sus allegados, típica escena de las comunidades judías neoyorquinas que tanto nos ha acostumbrado la filmografía de Woody Allen y Cía. 

Digamos que a Danielle también le gustan las mujeres (una ex está también presente) y para cerrar la historia de los enredos, de pronto aparece inesperadamente el hombre de la primera escena, pero acompañado por su esposa no judía y su hija de año y medio. De ahí en más, el film que no es muy extenso (77 minutos) y que este cronista advirtió que por momentos más parecía un cortometraje (lo cual la directora luego confirma), entra en un sube y baja de interés, dependiendo el momento, las circunstancias de los muchos personajes que desfilan con Danielle como enlace. Conversaciones llenas de lugares comunes de la familia, saludos empalagosamente típicamente innecesarios, complacientes, con la acostumbrada muletilla del “Are you OK?” (“¿Estás bien?”) cada dos por tres, la pregunta de la tía si ella tiene novio, o si está muy flaca, o lo linda que se encuentra, o si trabaja, esos lugares sociales que son el santo y seña de cualquier conglomerado familiar.

Los padres de Danielle (Polly Draper y Fred Melamed) adquieren un lucimiento muy particular, en la medida que sin saber los oficios secretos de Daniella, saben que algo está pasando entre su hija y el mundo, y deben de navegar en ese alocado encuentro y salvar el pellejo de la familia. Por allí es que se cuela ese estilo de ambiente familiar que la serie “Transparent” nos acostumbró hace ya algunos años: una familia judía no tradicional. 

Si hay un rasgo que caracteriza y que hace recomendable a esta comedia, es que de lo que se trata es saber quién tiene el poder, por dónde fluye la noción de valor, si en el género, si en los lugares tradicionales de la familia occidental, papá y mamá, si en el del bebé que en cierto momento condiciona todo el encuentro, o si el dios dinero el que gobierna a los vivos. ¿Cómo se cotiza lo que se derrama bajo la forma de deseo erótico, en un ambiente consagrado al respeto al muerto, a los deudos, al luto? ¿Es con el fetiche del dinero que se regulan estas relaciones? Porque finalmente, quien tiene el poder, es quien puede negárselo al otro. Y una de las maneras es el de negarse a complacer o ser complacido.  

Emma Seligman lo subraya a su manera en algunas de sus entrevistas. Se trata del poder, ejercerlo, como mujer, pero no teniendo claro cómo se desarrollarán los acontecimientos, quién va a terminar con quién y de qué manera. Agreguemos que hace años ya que el comercio por internet, obsceno y feroz, también incluye los sitios de ‘Sugar Babies’, para que quien tenga edad y dinero suficiente, arregle, pacte encuentros ocasionales con esas particulares condiciones: hombre mayor de 40 con chicas entre 18 y 25. Un modo de financiamiento en tiempos de alto consumo. Por supuesto que los celulares tienen un protagonismo en esta comedia de enredos y desenredos. ¿Cómo no podría ser de otra manera, si es el signo de los tiempos? 

Sin tener que revelar el final, advertimos al espectador que, recordando levemente aquella cotizada comedia de los años ’60’ “El mundo está loco, loco, loco”, se tratará de acomodar a la algo maltrecha Danielle en el apretado mundo que ella misma ha generado con la ayuda de sus progenitores y de sus amores.

Crítica: Mario Betteo

Edición periodística: Andrea Reyes

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