El director y actor Schiappacasse se pone en la piel de “Julito”, un hombre de mar y pescador de una pequeña localidad costera, quien se encuentra en una celda dando declaración en alguna sección policial a raíz de un siniestro en su barco de trabajo. A través del relato del pescador, se recorren partes de su vida, de sus compañeros de trabajo, las costumbres en el mar, el trabajo pesquero y las tradiciones de su pueblo. En el relato hay ratos humorísticos, dramáticos y relevadores de la historia, la cual se va reconstruyendo como un rompecabezas conforme va avanzando el relato de Julito.

Para el espectador, la obra puede despertar varias emociones en el mismo relato del protagonista, ya que hay momentos graciosos, tristes, tiernos, violentos, religiosos, de incertidumbre y hasta hay un perro que forma parte de la declaración policial del protagonista. La corta duración lo hace conciso y atrapante para el público, quien está “obligado” a prestar atención en cada tramo ya que todo es importante para armar la historia, hasta para entender el nombre de la obra. En el relato de Julito, se pueden imaginar distintos escenarios, como un concurso de belleza, el trabajo pesquero y la forma de trabajar, el amor que se hace presente en un barco pesquero, una requisa policial en el mismo y una riña en el pueblo.

Un hombre común, trabajador, quien se encuentra atrapado en este embrollo del cual intentará liberarse a través de la verdad y pone en manos de su fé y su palabra, su destino. Con esta obra, Schiappacasse busca despertar en su público emoción, concentración y, por que no, cierta reflexión sobre la violencia de género y la forma en la que se vive en los pequeños pueblos y hombres de otra generación. Al final, regresa al mismo momento del inicio pero con toda la información para terminar de develar el misterio. Se pudo ver en dos oportunidades, el 14 y 21 de enero, en el Teatro Picadero. Un unipersonal muy rico narrativamente, con una gran actuación de Alejandro Schiappacasse y una muy buena producción.





