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“Metok” de Martín Solá. Crítica.

De imagen esquiva e historia movilizante.

El final de la trilogía de documentales del realizador Martín Solá forma parte de la competencia argentina de largometrajes del 36º festival internacional de cine de Mar del Plata. “Metok”, tiene la particular condición de transcurrir entre la India y el Tibet. Un territorio invadido por China, un territorio en conflicto, hilo que enhebra las tres películas de Solá. Jugando con lo que no se dice, lo que no se ve, generando una historia atrapante.

La necesidad de un viaje de retorno al hogar dispara el documental. Metok hace años que dejó a su familia y viajó a la India para poder estudiar medicina. Ahora su madre se encuentra sola y necesita su ayuda con un parto. La muchacha debe encontrar la forma de viajar desde el templo a su pueblo natal, teniendo que pasar la peligrosa frontera que se encuentra militarmente custodiada.  No será sencillo pero Metok lo intentará de todos modos. 

Una búsqueda formal marcada, desde la primera escena, donde la palabra precede a la imagen. La oscuridad, la ausencia de imagen, se utiliza reiteradamente. Lo que no se muestra tiene tanto valor como lo que sí. El relato hablado, la palabra, completa los espacios en blanco, en negro seria mas correcto. Generando una necesidad de abrirse como espectador desde un lugar sensorial, en lugar de sentarse a disfrutar. 

Una experiencia diferente, completamente atrapante. “Metok” de Martin Solá, cierra con broche de hora la trilogía. La tranquilidad con la que transitan la vida los habitantes de aquella región, queda plasmada en la pantalla. Donde el espectador se presta a presenciar ritos y cánticos ajenos, en otro idioma, casi como en un trance mántrico. Una gran historia, bien narrada, donde los climas lo son todo.

Calificación

Dirección
Montaje
Arte y Fotografia
Música

Una experiencia diferente, completamente atrapante. “Metok” de Martin Solá, cierra con broche de hora la trilogía. La tranquilidad con la que transitan la vida los habitantes de aquella región, queda plasmada en la pantalla. Donde el espectador se presta a presenciar ritos y cánticos ajenos, en otro idioma, casi como en un trance mántrico. Una gran historia, bien narrada, donde los climas lo son todo.

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