El nuevo film de Lucrecia Martel reconstruye el crimen de Javier Chocobar y reflexiona sobre tierra, memoria e identidad en la Argentina contemporánea. En conferencia de prensa, la realizadora analizó la película y el presente del cine nacional, y cuestionó el rol del Estado en el desarrollo cultural.
Edición: Andrea Reyes
El quinto largometraje de la prestigiosa realizadora argentina llega a los cines este 5 de marzo, luego de consolidarse en festivales internacionales. “Nuestra Tierra” parte de un crimen registrado en video y filtrado en internet para abrir una reflexión sobre la historia y la cultura argentinas. En octubre de 2009, Javier Chocobar, referente de la comunidad indígena Chuschagasta, fue asesinado por el funcionario público y emprendedor minero Darío Amín durante un intento de desalojo en el norte de Tucumán.
En conferencia de prensa, Martel habló sobre el film y sobre el presente del cine nacional junto a María Alché, co-guionista, y los productores Santiago Gallelli y Martí Rueda, de Ray Pictures.
La tierra como conflicto histórico
Consultada sobre el eje central de la película, Martel vinculó el caso con una problemática estructural que trasciende fronteras. “Hay circunstancias mundiales donde hemos visto que se puede arrasar pueblos para obtener tierras o tomar decisiones sobre países con fines absolutamente egoístas de naciones”. Y agregó: “Creo que el contexto en ese sentido planetario es sumamente revelador del gran bien que es la tierra y la necesidad de la gente para vivir, de defender dónde está, dónde vive, dónde tiene su familia, dónde tiene sus animales”.
Para la directora, el conflicto por la tierra en Argentina es persistente y no resuelto: “Creo que nosotros como país tenemos que ver este problema de la tierra como un continuo problema del que alguna vez le tenemos que encontrar la solución. No puede ser que una nación arrastre eternamente una situación de tamaño injusticia, nos condena al fracaso como país”.
Un proyecto atravesado por el tiempo
El origen del documental se remonta a 2010, cuando Martel investigaba material para Zama y se encontró en YouTube con el video del asesinato. “Fue muy escalofriante para mí cómo me había olvidado de eso y ahí empecé investigando”, recordó. El proceso no fue lineal: entre otros proyectos y tiempos de producción, pasaron quince años hasta el estreno.
Cine argentino: industria y comunidad
La presentación derivó, inevitablemente, en un diagnóstico sobre la actualidad del sector audiovisual. “Lo que está pasando con el cine argentino es realmente lamentable porque es una industria que genera mucho valor agregado”, sostuvo Martel.
Si bien admitió que pueden revisarse estructuras administrativas, marcó un límite claro: “Modificar oficinas, modificar leyes, todo me parece bien salvo que el objetivo final de todo eso sea aumentar el trabajo, aumentar la cantidad de cine, las mayores posibilidades de conversar la diversificación del discurso y que eso no está claro”. En la misma línea, Gallelli señaló la falta de previsibilidad en el sector y advirtió que el modelo actual tiende a concentrar la producción en contenidos definidos por plataformas.
Martel, por su parte, amplió la discusión hacia el plano cultural: “Es peligroso no tener un lugar donde nuestros nuevos actores puedan ejercer la actuación”. Y concluyó con una definición que atravesó toda la conferencia: “No es solamente un caprichito de nosotros los que hacemos cine, es vernos, conversar, hablar de nuestras cosas… no es solamente una industria, es conversar entre nosotros. Por eso es peligroso cuando un gobierno mal entiende la vinculación con una industria que además es parte de la cultura. Es peligroso porque lo que se desarma es lo que también nos hace entender a nosotros como, no como una gente suelta, sino como una comunidad, como un país”.
Ante la comparación con trabajos anteriores como Zama, Martel respondió sin rodeos y trazó una diferencia histórica clave: “La colonia fue un problema hasta 1810. Después es un problema nuestro, como nación. ¿Qué fue lo que inventamos? Una nación que desprecia y despreció, con distintos argumentos, a lo largo de las épocas, al indio y su descendencia”. Y fue aún más directa: “El problema de esta película es hoy, es el futuro”.
Representación y prejuicio
Frente a la consulta sobre los conflictos recientes vinculados a pueblos originarios, entre ellos el asesinato de Rafael Nahuel, Martel se detuvo en la dimensión humana: “Ojalá que la película sirva para tener, por lo menos, un poco de paciencia antes de juzgar a unas personas que aparecen reclamando un territorio”.
También cuestionó la sospecha permanente sobre las comunidades: “Y si alguien se vino a la ciudad, se cortó el pelo de X manera y se volvió a su territorio, eso no desactiva el derecho que tiene sobre la tierra… Y con la comunidad es permanente la sospecha”.
En esa misma línea, señaló el sesgo mediático: “Son personas que siempre las conocemos en desesperación… Y es terrible eso, que una parte de nuestra Argentina solo la conozcamos en desesperación”.
El espacio, la belleza y el conflicto
Al referirse a la construcción visual del espacio, la directora apeló a una imagen aérea para explicar el uso de drones en la película. “Lo que están viendo los drones no sirve para el conflicto. Porque el conflicto es de construcción de un enemigo, de desprecio, de racismo, de puja por la tierra”.
Sin embargo, esa misma herramienta reveló algo central: “Si bien el conflicto humano no se ve desde esa altura, lo que se ve es la belleza de lo que está en juego”. Y allí formuló una de las frases más contundentes de la jornada: “La intolerancia a que un pobre sea beneficiario de la belleza. Es como algo que no soportamos”.
Archivo, memoria y futuro
Otro eje central fue el trabajo con fotografías familiares y documentos. El contraste entre las fiestas registradas en imágenes y el video del asesinato fue, según explicó María Alché, el primer disparador creativo: “Y viendo esas imágenes y hablando de la belleza… la ternura con que se organizaban esas fiestas y esas casas frente al video todo pixelado y violento. Entonces, eso ya era algo que desde un primer momento empezó a dialogar”.
El juicio por el crimen —que llegó casi una década después— terminó convirtiéndose en un elemento estructural del film. “Me parecía que era un juicio histórico que era necesario para que vengan otras generaciones y usen ese material”.
Para Martel, la película también es una forma de construir archivo: “En el trabajo de investigar para una película se genera un archivo y ese archivo hay que ordenarlo y entregarlo”. Y cerró con una reflexión que condensó el espíritu del proyecto: “Si la historia te va a terminar hundiendo y avergonzándote porque fuiste tan ciega que no te diste cuenta de lo que estaba pasando en tu época, por lo menos dejaste armado un archivo”.




