“La casa de la pradera” de Rebecca Sonnenshine, crítica.

Si bien es cierto que el género western ya no es lo que supo ser, tanto porque el boom de su época ya pasó como por la aparición de nuevos géneros y audiencias, también es verdad que aún le queda potencial por exprimir, historias que contar. Sobre todo si se tiene en cuenta que gracias el revisionismo histórico, hoy en día, se pueden obtener segundas y renovadas lecturas sobre periodos conflicticos de la historia. Si esto se mezcla con las nuevas corrientes estéticas y la profundidad que el propio género era capaz de alcanzar, se puede conseguir un lavado de cara bastante refrescante para un estilo que ya parecía extinto.

“La casa en la pradera” es la nueva adaptación de la saga de libros de Laura Ingalls. La primera temporada adapta la llegada de la familia Ingalls al territorio de Independence, luego de tener que marcharse de su antiguo hogar. El conflicto aparece cuando el gobierno no puede asegurarles un título de propiedad, ya que todo el territorio pertenece al pueblo originario Osage. Por lo que a la familia no le queda otra opción más que aguantar hasta que la situación no escale hacia la violencia. Lo interesante aparece con la perspectiva con la que esto se presenta. Dado que uno de los personajes, representante de la tribu, hace ver a la familia que el lugar donde se asentaron es tan suyo como de ellos.

La familia Ingalls está compuesta por Charles y Caroline, los padres, y Mary y Laura, las dos hijas. Si bien los cuatro mantienen un equilibrio para la trama y su unidad familiar, los dos que más destacan son el padre y la hija menor, Laura. Ambos son personajes carismáticos y muy empáticos, y es justamente eso de lo que la serie se sirve para presentar el nuevo conflicto a través de un lente en el que la violencia es un recurso que no se quiere utilizar. Además el peso dramático y del romance cae en las mujeres mayores del grupo. Por lo que cada arista de la historia termina siendo representada por un integrante de los Ingalls.

El western siempre tuvo espacio para distintos tipos de historias, aunque todas se asentaban sobre la misma base. Sin embargo, la historia de los Ingalls llega como una bocanada de aire fresco. Mantiene una estética muy cuidada y viva, alejándose de los ambientes secos y áridos. Y al presentarse como el drama de una familia para sobrevivir a un lugar apenas habitado por una sociedad colonialista, la suya, permite entablar un juego de discursos y posiciones ideológicas donde el espectador empatiza con ambas partes. Se beneficia a partes iguales de los tropos del género como de la perspectiva revisionista para aterrizar un buen drama familiar, histórico y de época.

La serie, creada por Rebecca Sonnenshine y distribuida por Netflix, está basada en los libros de Laura Ingalls, los cuales cuentan cómo su familia viajó y se asentó en el medio oeste. Su primera temporada cuenta con ocho episodios y dentro de su elenco se encuentran Alice Hasley, Luke Bracey, Crosby Fitzgerald, Skywalker Hughes y Joko Sims, entre otros. La música original es de Dan Romer y la fotografía, la cual vale la pena destacar, es de C. Kim Miles, Nathaniel Goodman y Ari Wegner.

La producción logra llegar a su audiencia como un drama familiar sólido. Ambientado en una época turbulenta de la historia estadounidense, y como un género presuntamente agotado, sorprende en la calidez de su escritura y la vida que proyecta con sus imágenes coloridas de entornos naturales. Además, las nuevas perspectivas que trae para un espectador más actual hacen que en la serie se sienta un corazón simpático y amable.

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