Dick Verdult, más conocido como “Dick, El Demasiado”, se encuentra en Argentina presentando su nueva película “If yes, okay” en el marco del Bafici. El músico, escritor y director de la polémica comedia habló con Cine Argentino Hoy y contó por qué se interesó en el mundo de los “niños ricos” que todo lo tienen, pero además definió a la cultura cinéfila argentina como única e hizo un paralelismo con el cine y el público holandés.
-¿Cómo surgió la idea de recrear la vida de una joven adinerada que reniega de su origen y sus padres?
-Originalmente, yo quería hacer una novela sobre los hijos de los narcos. Ellos se pueden permitir todos los caprichos, pero, en cierto momento, tarde o no, si se insertan en la sociedad, lo hacen como director de banco, ministro de Cultura o algo así. Con lo cual, es una problemática muy compleja la de esa gente a la que nunca le dijeron “no”. Esto es un fenómeno bastante visto en México, pero yo quería sacarle el exotismo y llevarlo a mi propio país donde también hay muchos millonarios pero no son ostentosos. No le gusta a la cultura holandesa ser ostentosa, pero sí existe la misma inquietud: “¿Voy a continuar el camino de mis padres que andan chupando la sangre por todos lados?” Entonces, en cierto momento ese niño o niña va a tener que tomar un bifurcación y decidir, y en ese estado me parecía interesante hacer una película.
Es una problemática muy compleja la de esa gente a la que nunca le dijeron ‘no’”.
-De alguna forma, es hablar del poder de los ricos…
-Sí, claro, es hablar de poder, pero yo no quería hacer una película pedagógica o socio-pedagógica, quería mostrar esa crisis y mantener despierta esa problemática, que no se silenciara, porque el glamour ciega mucho ese conflicto.
-El chico rico que todo lo tiene…
-Sí, el chico que se sube a su jet y se va con su perrito a Roma, pero ello no esconde el tema de la violencia con que ese material se consiguió.
-¿Por qué se refiere a violencia?
-Porque digamos que de los millonarios, el 5% tuvieron mucha suerte de serlo, el otro 15% se inventaron algo que vale la pena y todo lo otro es una taradez total y una violencia, es sacar cosas o transportar cosas de un lado a otro…es duro.

-Como artista multifacético, ¿cómo pensó en hacer esta película desde el terreno de la comedia?
-Yo quería hacer una película que fuera venenosa, pero que tuviera un aspecto aceptable. Es decir: “Uy, le voy a dar unos minutos a ver qué es?” “Le doy unos minutos más”. Es ir inyectando. En el estreno un joven me comparó el proceso de la película como cuando pones una rana en una cacerola de agua fría y la calentás, la rana no se resiste, piensa “hace calor hoy”, hasta que queda cocida (risas). Y yo quería aplicar esa técnica.
-Una de las características de su obra es tomar elementos de culturas y épocas antiguas y hacer algo nuevo, único, ¿qué elementos tomó de otros momentos para la realización de la película?
-Yo lo llamo realismo ácido, y la acidez que se ve tiene explicación: es un retrato de la vida. Los aspectos surrealistas no buscan reflejar el día a día, no quieren ser espejo, quieren ser más que espejo. A veces me dicen que es absurdo lo que hago, pero yo no lo vivo así, para mí es realidad. Estoy convencido de que lo es, pero desde otra visualización.
-¿Cuál?
-La que te exige ejercicios para verla. No es hacerlo evidente, es esconder el tesoro y decir “debajo de la tierra hay algo”. Hay una expresión en inglés “ear worm” (gusano de oreja), que refiere a las canciones que se te meten en la oreja y te quedan ahí y tres días después seguís cantándolas. Esa técnica me interesa como estrategia.
-La película respira libertad y en ese marco de lo imaginario recrea sueños perversos, y por lo general, cuando uno sueña cosas feas se despierta sobresaltado por lo que soñó. ¿Qué sensación espera que genere la película en el público, teniendo en cuenta que se trata de un espectador entendido como es el de Bafici?
–Yo creo que cuesta digerir la película, pero la carne también cuesta digerir. Viste cuando comes un bife a las diez de la noche, que te la pasas casi toda la noche masticando, bueno, un poco así es la película. Parece muy lisa y fácil, pero obviamente apunta al proceso de la cabeza y entonces creo que es como atar a alguien a una silla y que esta pase por muchas experiencias. Es una complicidad que yo quiero lograr con el que ve la película.
Yo creo que cuesta digerir la película, pero la carne también cuesta digerir. Viste cuando comes un bife a las diez de la noche, que te la pasas casi toda la noche masticando, bueno, un poco así es la película”.
-¿Y qué significa el festival de Bafici para usted en su carrera?
-Tengo muy buenas experiencias, cuando en 2019 presenté “Viva matanzas” quedé encantado de cómo se absorbía lo que yo había hecho. Hay una cultura cinéfila acá, que no está para juzgar una película del valor consumo como diciendo “Uh valió la pena”, sino que el público del Bafici está para analizar y sacar otras cosas; eso lo noté mucho en las notas que me hicieron de la película anterior. Yo quedé muy impactado y las traduje en holandés y me decían: “Este tipo de notas nunca te van a llegar acá”; en Argentina hay un lenguaje de apreciación del cine que ya se diluyó en otras partes del mundo. Por eso creo que el Bafici es muy importante, porque la gente tiene un repertorio y panorama amplio en la cabeza, y ve en esta película todas las posibilidades de lectura que tiene.
-¿Cómo es el cine en Holanda?
–Holanda es un país pequeño, entonces el cine tiene un problema: o bien te obstinas por hacer típicas películas holandesas, o bien querés ser internacionalista y ahí te equivocas porque no hay films internacionales. Una producción local puede llegar a ser muy internacional, pero a la inversa es algo inexistente y allí hay muchas películas que apuntan a ser internacionales por ser un país chico.

-Y a la vez, ¿cómo recibe el público holandés que está acostumbrado al cine local, una película de otro país?
-Al público de Holanda le gusta mucho el paseo antropológico, viste que todo el mundo tiene sus verdades, pero cuando una verdad viene de Mongolia u otro lugar, ese encanto a los holandeses les fascina. Es decir, están muy pendientes de ver en otros países los mismos problemas que allí se acarrea. Eso les parece muy interesante. Ahí está ese lado internacionalista que tiene, y claro, es un país tan pequeño que siempre tuvo que tener las antenas hacia el exterior.
-¿Qué repercusiones obtuvo la película “If yes, okay” a partir de la presentación oficial?
-En Argentina, hubo mucha gente que no conocía y que les gustó, y también a muchos amigos les encantó, pero sobre todo me dijeron que costaba todo un día digerir la película y eso me fascina. La gente sale de la función como si hubieran estado en el psicoanalista y le hubiera dado una mala noticia (risas), pero a la vez hay mucho para divertirse porque es muy bella, tiene mucho de colores, de música; tiene un gran trabajo de cámara y de maquillaje increíblemente denso, así que la experiencia estética es fuerte, pero lo que hay debajo es como una patada en el estómago. Son dos mundos muy diferentes.
La experiencia estética es fuerte, pero lo que hay debajo es como una patada en el estómago. Son dos mundos muy diferentes”.
-Hay que tener en cuenta que justamente se trata de una comedia negra…
-Sí, y esta mañana dije: “Para mí ese negro todavía es gris” (risas). Y eso que hay mucho veneno en la película. Pero no mostré todo lo que me hubiera gustado, porque tampoco soy un amargado. Me divierto con eso porque creo que hay mucha gente que vive esa violencia, pero hay que digerirla y seguir adelante.
-En este caso, creo que el humor amortigua un poco esa realidad que en verdad plantea la película. ¿lo considera así?
-Sí, la película tiene mucho humor. Cada uno reconoce su momento en que dice: “Uh, mirá lo que dijo”. Es más una risa interior.
-Y hablando de humor, en un momento uno de los personajes dice: “No te creas que todos los argentinos son estafadores”. ¿Cómo surge la idea de esa mención?
-Un poco de la fama que tienen afuera, pero también en el vocabulario argentino hay 80 palabras para referirse al proceso de estafar, así que hay una cultura de eso: “El chanta”, “Te bicicletearon”, “Te hicieron el cuento del tío”, “Te hicieron la cama”... Todo esto es parte del idioma diario de acá. Además, el profesor de música de la película es argentino, así que me pareció muy lindo escoger a la Argentina para armar una frase sobre la estafa.
-Usted vivió en el país durante su infancia, de aquellos recuerdos a hoy, ¿cómo ve a la Argentina actualmente?
-La primera vez que volví después de 36 años, en 2003, noté que se había caído el lustro, el brillo de Buenos Aires. La ciudad tenía un diseño James Bonds, podías caminar con tacones y pensar que estabas en una película de vaqueros, en cambio después vi que los vidrios estaban rotos, el bronce no estaba pulido, las veredas estaban todas chuecas y dije “Uy, aquí hubo una batalla”.
La primera vez que volví después de 36 años, en 2003, noté que se había caído el lustro, el brillo de Buenos Aires”.
-Para finalizar, ¿cuáles son los proyectos que siguen?
-Estoy escribiendo una novela en holandés sobre mis buenas experiencias en Rusia y estoy preparando un documental híbrido, también tendrá ficción, con un luchador de lucha libre en México que descubrí en 2007. Él se había puesto mi nombre y pasaba mi música cuando tenía que pelear, me impactó mucho porque era un chico de pueblo. Me eché para atrás y no me comuniqué con él, pero lo seguí en Facebook y de apoco se convirtió en un profesional del Distrito Federal. Así que hoy quiero hacer una película con él, “El demasiado”, sobre la distorsión popular.
-¿Y lo de Rusia en qué momento fue?
-Yo quería comprobar que se podía hacer cumbia tropical en las condiciones menos tropicales posibles, así fue como terminé en el mar polar de Rusia, en pleno invierno, y grabé ahí en la Ciudad de Arcangel unas cumbias. Fue increíble esa experiencia y por eso quiero hacer un libro no autobiográfico, sino de ficción.




