¿Cuánto tiempo cabe en setenta y dos horas? En su ópera prima, “Tres noches al año”, que se estrena este 18 de julio a las 12 hs en el Cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635), el director Juan Alejandro Casaretto responde a este interrogante cinematográfico registrando una paradoja temporal e íntima. La película retrata los 362 días de sacrificio, deudas y silenciosa labor comunitaria que se empaquetan y se inmortalizan en apenas tres noches de brillo y descontrol en el Carnaval de Concepción de la Sierra, Misiones.

Lejos de la frialdad del registro televisivo o la postal puramente turística, el realizador se introduce en la intimidad de los talleres caseros. Su cámara captura una pasión colectiva que, a los ojos de cualquier observador externo, roza el absurdo de una hermosa locura. Estructuralmente, el film se apoya en un dispositivo formalmente clásico pero ejecutado con precisión quirúrgica. Se trata de un documental expositivo de 70 minutos guiado de manera polifónica por los propios testimonios de sus protagonistas, sostenido por un sólido guion de Julia Bastanzo Paximada que dosifica con inteligencia los tiempos del relato.
La cámara de Casaretto opera desde la observación microscópica. Registra con paciencia la evolución de los trajes confeccionados a mano, los bocetos iniciales que luego devendrán en estructuras flotantes y las incansables jornadas dedicadas a la venta de empanadas, locros y bingos familiares. Estos mecanismos de autogestión económica exponen el corazón del conflicto: en tiempos de crisis, el Carnaval no es un gasto superfluo, sino un acto de fe. Los personajes postergan sus propias realidades materiales —como estudios fuera de la provincia, refacciones domésticas o vacaciones— subordinando sus vidas al deseo colectivo.

El foco dramático del film se centra en la histórica y apasionada rivalidad de sus comparsas mayores, Bahiana y Maringá, aunque la puesta en escena deja en claro que el fenómeno arrastra a todo el pueblo e involucra también a las agrupaciones infantiles, semilleros de esta tradición. El verdadero acierto narrativo radica en capturar las tensiones que habitan los márgenes de la fiesta. La película no esquiva la fricción cultural con el ala más conservadora de la Iglesia, aunque expone de forma magistral cómo la fe y la carne coexisten cuando los propios feligreses participan de ambas instituciones.
Asimismo, el documental adquiere una profunda dimensión sociopolítica al retratar el Carnaval como un territorio de contención y disolución de clases. En los talleres de herrería, costura y los ensayos de la murga, las jerarquías sociales se difuminan en favor de un bien común, funcionando además como una red de rescate y pertenencia para los jóvenes frente al desamparo de la calle.
Estéticamente, el metraje logra que la pantalla sea permeable a la pulsión de sus protagonistas. La saturación de los colores y la efervescencia de la música original de Julio Manuel Vázquez en el tercer acto actúan como la catarsis necesaria tras meses de encierro y planos cerrados sobre las manos callosas de los artesanos. La dualidad temporal se vuelve asfixiante y bella: el peso de un año entero de ensayos contra la fugacidad de tres noches de gloria donde el único veredicto es un trofeo simbólico.
Al final, “Tres noches al año” trasciende el marco regional de Misiones para convertirse en un ensayo humanista sobre nuestra inagotable capacidad para fundar comunidad, fabricar sentido en el aparente absurdo y entender que, a veces, la única recompensa válida para la existencia es el arte de celebrar junto a los otros.




