El cine de Gustavo Postiglione da un vuelco definitivo con una propuesta donde la puesta en escena no es un mero decorado, sino el motor de una tensión cautivante. Diseñada bajo el audaz dispositivo de tres extensos planos secuencia que funcionan conceptualmente como un continuo magnético, la cámara se transforma en un personaje omnipresente y voraz que persigue sin tregua a los protagonistas.

Lejos de la quietud contemplativa, esta mirada acechante inyecta una dosis de adrenalina constante, convirtiendo el espacio en una trampa visual de neones y sombras expresionistas. Postiglione satura la pantalla para edificar un ecosistema urbano asfixiante, donde el movimiento constante y los estímulos sonoros atrapan a los personajes en un destino del que no hay escapatoria.
Es precisamente dentro de este laberinto de estudio donde se despliega una impecable síntesis de las grandes tragedias clásicas adaptadas al pulso de la delincuencia organizada y las disputas de poder modernas. La película no se limita a contar una historia de amor prohibido a lo Romeo y Julieta; le añade una profunda densidad psicológica y una red de ambiciones criminales cruzadas.

La trama se detona con el asesinato del Rey, dueño del Bar Dinamarca y líder de los paravalanchas, un crimen que posiciona a su hermano Claudio (un Guillermo Pfening de notable solvencia) en la cima del negocio y en una carrera política cimentada sobre falsas promesas de orden. El gran acierto de Postiglione es diluir las fronteras de la representación: el joven Romeo (Manuel Melgar) es un actor que ensaya la obra de Shakespeare mientras descubre que su tío usurpó el lugar de su padre. Así, la realidad y el libreto teatral se funden de manera fascinante, arrastrando a Ofelia (Camila Viale) al centro de un pacto de sangre y territorio entre dinastías criminales enfrentadas.
Bajo este enfoque, el film alcanza su punto más lúcido y audaz al plantear la actuación como el único vehículo posible para la verdad y el poder. Mientras el personaje de Claudio ficcionaliza su imagen pública para legitimar una estructura clandestina, Romeo abraza el escenario para canalizar un dolor filial que la realidad local no le permite resolver. En esa superposición radica la lectura más incómoda y contundente que la película hace sobre la realidad de Rosario: una radiografía social donde los adultos administran el delito, negocian sus privilegios en despachos pulcros y condenan a las generaciones jóvenes a cargar con las consecuencias.
En conclusión, “Romeo y Ofelia” se consolida como una de las propuestas más valientes, rigurosas y estéticamente estimulantes del cine argentino reciente. Postiglione no solo se atreve a reescribir a los clásicos, sino que los utiliza como un espejo afilado para devolvernos una mirada cruda, bella y profundamente necesaria sobre nuestro propio presente. Una obra imprescindible que demuestra que la gran tragedia no pertenece a la literatura del pasado, sino al corazón vivo de nuestras ciudades.
Estreno en cines 10 de septiembre




