El cine documental biográfico suele enfrentarse al complejo desafío de traducir el pensamiento abstracto en imágenes concretas. Cuando el objeto de estudio es un filósofo de la densidad de Ismael Quiles (1906–1993) —sacerdote jesuita, rector de la USAL y pionero del orientalismo en América Latina—, el reto formal es doble. No solo se debe narrar una vida, sino capturar una metafísica.

En ‘El punto”, el realizador Martín Serra esquiva con éxito la frialdad del busto parlante académico. El director prefiere construir un ensayo cinematográfico que utiliza sus recursos estéticos para dialogar, precisamente, con la introspección y el repliegue interior que pregonaba su biografiado.
Para lograrlo, el film adopta una estructura que espeja de manera sutil la evolución del pensamiento de Quiles. El relato inicia mediante un dispositivo clásico: una entrevista de archivo que presenta al personaje en su vejez. Allí se expone de inmediato esa llamativa dualidad de un hombre que hablaba de forma sumamente sencilla pero con una hondura aplastante.

A partir de ese punto de partida, Serra utiliza el montaje para conectar el macrocosmos del universo con el microcosmos del filósofo. Es en esta búsqueda donde el largometraje destaca por su sagacidad al introducir secuencias de animación. Este recurso no funciona como un mero decorado ilustrativo; al contrario, se convierte en una herramienta lírica para materializar la infancia de Quiles en Pedralba, Valencia. A través de estos fragmentos animados, el film recrea la génesis del pensamiento quileano y muestra a un pequeño Ismael a quien se le explica la creación del universo, disparando las preguntas fundacionales: ¿Quién soy yo? y ¿Cuál es mi destino?
En sintonía con esta reconstrucción, la puesta en escena se apoya fuertemente en el valor del espacio físico como disparador de la memoria. La cámara viaja a su casa natal en España para escuchar el testimonio de su sobrino, en un entorno donde incluso se exhibe la calle que hoy lleva su nombre.

Sin embargo, el verdadero quiebre vital y formal del relato ocurre con la llegada de la tuberculosis. Serra filma y narra el aislamiento del Quiles niño, atado a una cama, instalando una fuerte tesis cinematográfica: la soledad y la enfermedad como el principio fundamental del filosofar.
Consecuentemente, el diseño sonoro y el ritmo del montaje transmiten ese repliegue forzado hacia el núcleo íntimo del ser. Cuando la dolencia pulmonar traslada obligadamente a Quiles a la Argentina —puntualmente a Santa Fe y San Miguel a partir de 1938—, el documental registra magistralmente lo que sería su “giro a Oriente”.
El film detalla con precisión cómo el uso terapéutico del yoga para sanar sus pulmones se convierte, con los años, en su mayor objeto de investigación académica. Este hecho crucial abriría paso a la fundación de la Escuela de Estudios Orientales y al desarrollo de su célebre concepto del “yoga cristiano”.

Por otra parte, a diferencia de los documentales que saturan la pantalla con datos y fechas, el guion de Serra, Rodolfo Martínez Mendoza y Esteban Rial jerarquiza los testimonios con mucha inteligencia. Amigos, familiares, pero sobre todo alumnos y alumnas de Ismael, intervienen de forma orgánica. Sus voces no aparecen para elogiar la figura institucional del exrector, sino para dar cuenta de su pedagogía personalista y su calidez humana. En este punto, la dirección de fotografía de Nahuel Raiman aporta una textura íntima indispensable, logrando unificar de manera armónica el valioso material de archivo desenterrado con las entrevistas contemporáneas.
El público tendrá la oportunidad de sumergirse en esta propuesta a partir del próximo jueves 13 de agosto, fecha en la que “El punto” llegará a la cartelera del Cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635) con funciones programadas para las 19:15 hs. Su desembarco en la emblemática sala de los estrenos nacionales resulta idóneo para una producción que, en un panorama cinematográfico actual dominado por el montaje hiperquinético y el ruido constante, se arriesga a ir a contracorriente.

Es una película que busca captar la vigencia de una mente que vio en el existencialismo europeo un “fracaso pesimista” y propuso en su lugar la Metafísica In-sistencial: el viaje hacia adentro para conectar con la trascendencia. De este modo, el documental de Martín Serra logra su cometido formal más elevado. No es solo un registro biográfico que celebra los 70 años de la Universidad del Salvador; es una invitación político-estética a recuperar el silencio interior en una era sobreestimulada. Se trata, en definitiva, de una experiencia donde el verdadero diálogo cinematográfico se entiende, tal como quería Quiles, como una vivencia de amor.



