El cineasta islandés Hlynur Pálmason regresa a las carteleras con “El amor que permanece”, una propuesta de cine de autor contemporáneo que tropieza en sus propias ambiciones estéticas.

El largometraje, que se estrena este jueves 23 de julio, explora el distanciamiento de una pareja —Anna, una artista plástica, y Maggi, un pescador— quienes atraviesan un año de separación en la inmensidad de la Islandia rural junto a sus tres hijos y su perro Panda. A través de un mosaico estructurado por las estaciones, Pálmason intenta teorizar sobre el hogar y la memoria afectiva. Sin embargo, confunde la encriptación con la profundidad, entregando un hermoso envoltorio visual que carece de pulso emocional.
Durante su primera mitad, la obra acierta al apostar por un retrato naturalista y alejado de los clichés melodramáticos de Hollywood. El guion elude con astucia las discusiones desgarradoras del divorcio tradicional; los niños coexisten en un caos ruidoso y los adultos habitan una armonía temporal mimetizada con el entorno. No obstante, este costumbrismo amable se diluye cuando el director interrumpe la narrativa con irrupciones extrañas que enturbian los acontecimientos.
Es en este quiebre donde la película devela su mayor debilidad: una obsesión por pertenecer al “cine de élite” que termina por alienar al público. Pálmason fragmenta el relato con metáforas crípticas e interacciones perturbadoras, como secuencias abstractas donde los menores conversan explícitamente sobre sexualidad. Al convertir ideas emocionales sencillas en intrincados rompecabezas intelectuales que demandan una guía de descifrado, la propuesta dinamita la empatía con la platea. La confusión formal no equivale a complejidad psicológica.

En el apartado interpretativo surge una paradoja: mientras el elenco humano cumple con el estoicismo austero de la región, el perro Panda se adueña del relato. Su presencia magnética acapara la atención en medio de un entorno inerte, eclipsando las dinámicas de sus dueños. Hacia el final, el intento de contrastar la calidez comunitaria con el individualismo nórdico naufraga. Las transiciones pausadas del desenlace son incapaces de capturar el peso de la incertidumbre, estirando el metraje sin rumbo fijo.
Visualmente, la película es un festín indiscutible. La fotografía exalta los escenarios naturales con maestría formal, respaldada por una banda sonora de precisión matemática. Sin embargo, la deslumbrante belleza geográfica no basta para sostener un largometraje de casi dos horas. “El amor que permanece” concluye de manera abrupta, dejando la insatisfactoria sensación de haber asistido a una secuencia de asociaciones caprichosas. Al encenderse las luces de la sala, el público se retirará sin grandes dilemas que debatir, consciente de haber presenciado una pieza que priorizó el estatus del arte de autor por encima de la sensibilidad de la audiencia.




