Bugonia no es la película más rara de Yorgos Lanthimos, pero sí una de las más apagadas emocionalmente. Tiene conspiraciones, secuestros y situaciones claramente absurdas, incluso momentos que rozan lo delirante, pero todo está atravesado por una sensación triste e incómoda que termina pesando más que el humor o la provocación. El delirio está, solo que no aparece como espectáculo, sino como una lógica torcida que se toma demasiado en serio.

Acá Lanthimos baja un cambio. Los diálogos son más naturales, aunque siguen sintiéndose fuera de lugar, como si nunca terminaran de encajar en el mundo que habitan. Esa decisión vuelve a la película menos explosiva, pero también más seca y distante.
La historia sigue a Teddy, un tipo atrapado en teorías conspirativas, convencido de que Michelle, una poderosa CEO farmacéutica, es en realidad una alienígena infiltrada. La premisa no es nueva. Bugonia es una reinterpretación de Save the Green Planet! (2003), una película surcoreana que mezclaba ciencia ficción, comedia negra y paranoia desde un lugar mucho más caótico. Lanthimos toma esa base y la transforma en algo menos desbordado y más centrado en el daño emocional de su protagonista que en el delirio puro.

Emma Stone vuelve a moverse cómoda dentro de este universo, componiendo un personaje que se siente extraño, casi artificial. Jesse Plemons es quien carga con lo más interesante de la película, su Teddy no es solo ridículo, también es inquietante. Es un personaje roto, encerrado en su propio discurso, convencido de que entender el caos del mundo pasa por encontrar un enemigo claro, aunque sea inventado.
Bugonia no termina de sorprender y por momentos parece girar alrededor de ideas que Lanthimos ya exploró mejor en otras películas. Aun así, funciona como una mirada amarga sobre la necesidad humana de poner orden donde no lo hay. No es su obra más potente, pero deja una incomodidad flotando.




