Tras presentarse recientemente en la Competencia Oficial Argentina del 41° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la notable ópera prima de Manu Vázquez Santana, “Todavía no es mañana”, inicia su recorrido por festivales. Se trata de un drama íntimo de apenas 71 minutos que, con una enorme sensibilidad, logra retratar de forma muy actual la compleja encrucijada de la identidad femenina y la resiliencia tras una separación.

La historia sigue de cerca a Lola (interpretada con gran solidez por Natalia Santiago), una mujer que, luego de una vida entera dedicada por completo a las tareas de ama de casa, debe reconstruir su realidad desde cero debido a su divorcio. Al comenzar a trabajar como moza para subsistir, la protagonista no solo enfrenta el duro desafío de insertarse en el mercado laboral, sino que también debe lidiar con el inicio de complejos roces con su exesposo por la crianza de sus hijos.
A través de estas situaciones de todos los días, el relato expone con total naturalidad las tensiones lógicas que atraviesa una mujer en esta etapa. De este modo, la trama nos muestra su aprendizaje para relacionarse con el padre de los chicos, la urgencia de sostenerse económicamente y el valor de transitar el proceso con el fiel acompañamiento de sus propios padres. Para lograrlo, el guion esquiva con inteligencia los golpes bajo melodramáticos, eligiendo concentrarse firmemente en la verdad de esos vínculos.
En sintonía con esta propuesta, la puesta en escena destaca por su enfoque íntimo, naturalista y despojado. Vázquez Santana recurre de manera constante a una cámara en mano que se sitúa muy cercana a Lola; una decisión estética que le permite capturar primeros planos fijos que transmiten visualmente su ansiedad, su constante preocupación y el agobio de no dar abasto frente a las demandas de un entorno que no para de exigirle.
Dentro de este diseño visual, los espacios habitados no operan como simples decorados, sino más bien como extensiones del laberinto interno de la protagonista. En consecuencia, los encuadres suelen recortar con precisión los ambientes de la casa, la calle y los lugares de tránsito, acentuando de forma sutil el encierro o la intemperie emocional que la atraviesa. Todo esto se potencia gracias a una iluminación que privilegia la luz natural, acompañando así el tránsito interior que va desde la opacidad de la crisis hacia la paulatina apertura de lo nuevo.
Por su parte, el montaje fragmentado se convierte en otro acierto clave para sostener el ritmo del film. El corte preciso entre escenas cortas y abruptas emula a la perfección la rutina caótica de Lola, dividida constantemente entre interrupciones, tareas domésticas y la urgencia laboral. Al no dilatarse en transiciones innecesarias, la narrativa apuesta fuertemente por la elipsis, asumiendo con acierto que el espectador es capaz de reconstruir el pasado sin necesidad de recurrir a largas explicaciones didácticas.

Bajo esta estructura, Natalia Santiago se consagra definitivamente como el gran eje dramático del relato. Su interpretación es el corazón de la película, sosteniendo la tensión dramática desde las microexpresiones, las miradas esquivas y un lenguaje corporal que denota el cansancio físico y mental de una madre que intenta no derrumbarse. A su alrededor, figuras como Verónica Intile, Gastón Dalmau, Andrés Ciavaglia y Fabián Arenillas aportan una enorme naturalidad, funcionando como reflejos orgánicos de los mandatos y expectativas que provienen del círculo familiar.
Es por eso que el arco de transformación de Lola se maneja con tanta delicadeza. Eventualmente, un encuentro inesperado funciona como el catalizador interno que la impulsa a explorar deseos postergados, recordándole que es una mujer además de una madre proveedora. Si bien volver a salir sola a conocer nuevos caminos implica un lógico miedo a lo desconocido, la trama deja en claro que es necesario arrojarse sin temor hacia nuevos horizontes para recuperar la confianza.
En conclusión, esta inteligente combinación entre un texto sobrio y actuaciones despojadas de solemnidad da forma a un relato profundo y conmovedor que nos deja una certeza clara: siempre se puede volver a empezar. Se trata, en definitiva, de una valiosa historia de segundas oportunidades que demuestra que, aunque a veces parezca imposible iniciar una nueva vida y sanar las heridas del pasado, la posibilidad de reinventarse siempre está al alcance de la mano.




