“La Grazia” de Paolo Sorrentino. Crítica.

En exclusiva por MUBI.

Desde hace unos días ya está disponible en MUBI La Grazia, la última película de Paolo Sorrentino protagonizada por Toni Servillo, su actor fetiche. La película tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Venecia donde ganó la Copa Volpi a Mejor Actor además de recibir otros reconocimientos especiales. Con este film Sorrentino vuelve a mostrar algo muy característico de su cine: la convivencia entre lo íntimo y lo monumental. El elenco incluye a Anna Ferzetti, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano y Orlando Cinque, entre otros.

El film se centra en Mariano De Santis (Toni Servillo), el presidente de Italia, pero la película nunca se interesa demasiado por la política en sí misma. Lo que realmente importa es cómo vive ese peso en la intimidad. El personaje vive atravesado por una sensación permanente de vacío. La muerte de su esposa sigue apareciendo como una herida imposible de cerrar y la relación con su hija también funciona desde cierta distancia emocional. Todo eso convive con el peso institucional de ocupar dicho cargo.

“La Grazia” funciona como una idea ligada a la belleza de la incertidumbre y esto es algo que atraviesa constantemente al film. Dudas personales, emocionales, laborales e incluso sobre la propia salud aparecen todo el tiempo acompañando al personaje.

Sorrentino trabaja constantemente con la composición visual para resaltar la separación. Personajes lejos entre sí, cuerpos aislados dentro del encuadre y espacios que terminan pesando más que las propias palabras. Con esto vuelve a demostrar esa capacidad para convertir la arquitectura en una extensión emocional de sus personajes.

En definitiva, La Grazia no es una película sobre el poder sino sobre el desgaste que produce sostenerlo. Una película contemplativa, elegante y profundamente atravesada por la soledad que transforma la melancolía en espectáculo visual.

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