Para quienes aún no la hayan visto, llegará en abril a la plataforma de streaming con curaduría Mubi. Y además se realizarán algunas proyecciones en la Sala Lugones durante el mismo mes.
En el día de ayer se cumplieron todos los pronósticos para la película de Ryusuke Hamaguchi, consagrándose con el Oscar a mejor película extranjera. “Drive my car”, basada en algunos cuentos de Haruki Murakami, del libro “Hombres sin mujeres”, se llevó uno de los cuatro galardones a los que competía. Aunque no pudo repetir la hazaña llevada a cabo por “Parasite” de Bong Joon Ho, se comienza a prestar más atención al cine producido en oriente.
Tras el repentino fallecimiento de su esposa, Yusuke Kafuku un actor y director de teatro consagrado, acepta montar una obra para el festival de Hiroshima. Por condiciones del festival, le es impuesta una chofer para que lo lleve a donde él quiera. Durante sus largos viajes en auto se irá formando un vínculo sincero entre ellos y sus conversaciones se tornan personales. Provocando que ambos tengan que enfrentarse con sus tortuosos pasados.
Sin duda nos encontramos ante una gran película, al menos así lo plantean los premios y la crítica especializada. ¿Pero qué hace a “Drive My Car” sobresalir dentro de los productos de este año? Esto se da sobre todo a un correcto manejo del aspecto narrativo, mediante varias herramientas que Hamaguchi utiliza en toda su filmografía pero aquí llegan a su punto más álgido.
Principalmente su ritmo cauto y cansino, lo cual hace que la película dure casi tres horas y el espectador no lo sienta. Se toma su tiempo para organizar la narración, de manera que quien esté viendo tenga momentos para asimilar, cuestionar e hipotetizar sobre lo que sucederá. El espectador activo al que alega la película, debe recordar y entrelazar las diversas líneas narrativas a fin de ir cerrando cada una de las historias contadas.
Si bien esto no es algo nuevo en el cine, y mucho menos en el oriental, teniendo claros referentes históricos como Yasujirō Ozu. Quien realizaba largas tomas estáticas, obligando a la contemplación, a que el espectador llenará el vacío de la pantalla con sus ideas. Dato que sirve para aclarar que la técnica que hoy nos fascina ya fue utilizada en su momento, por lo que todo lo nuevo no es tan nuevo. Tomando hoy en día una segunda vida, en un mercado rebosante de enormes blockbuster que acabaran todas las salas de cine, ahogando toda aquella producción que proponga algo diferente.
Por otra parte, el minucioso desarrollo de los personajes nos sirve para ingresar a este mundo encantador que nos propone Ryusuke. Sumado a los suaves movimientos de cámara y unos bellísimos planos fijos que al fusionarse con la música, hacen que el espectador sienta que está sentado junto a Kafuku y la chofer mientras conversan largamente. O en los interminables ensayos de texto que realiza el elenco de la obra de teatro. La oralidad cobra un peso primordial.
A diferencia de gran parte de la cinematografía contemporánea, lo importante está en lo que los personajes dicen y no en lo que hacen. Incluso acciones que a priori parecieran trascendentales, suceden fuera de cuadro dejando solo lugar a sus consecuencias. A través de sus concatenación de pensamientos es que vivenciamos los cambios internos y sus sutiles emociones.
La correcta conjunción de aspectos técnicos y narrativos, sumada a la sublime actuación de quienes interpretan a los personajes, hacen que ingresemos en este mundo sin problemas. La pantalla de cine se desdibuja y se transforma en una ventana al universo de “Drive my car”. Ryusuke Hamaguchi consigue brillar con una película que, viendo las carteleras de cine de hoy día, parece austera, sin grandes actores, sin una historia hiperbólica o efectos especiales. Una buena historia, bien contada, que deja la pantalla de cine para traspasar al espectador y movilizarlo.





